Samuel García - El Sol de México
Aún es temprano, pero la pregunta ya es inevitable: ¿se está configurando un nuevo año de bajo crecimiento? A la luz de las cifras recientes y del giro en el entorno global, apunta cada vez más hacia el sí.
Veamos. El mercado de bonos en Estados Unidos -un termómetro adelantado de la actividad- acaba de enviar una señal más: el foco ya no está solo en la inflación, sino en el riesgo de desaceleración global. Tras semanas apostando por tasas más altas, los inversionistas comenzaron a descontar un escenario de menor crecimiento, con caídas de cerca de 10 puntos base en los rendimientos de los bonos del Tesoro. Algunas firmas, como Goldman Sachs, ya elevan la probabilidad de recesión a 30%.
El cambio de narrativa es relevante porque la economía mexicana está profundamente acoplada al ciclo manufacturero estadounidense. Si Estados Unidos se desacelera, México difícilmente escapará.
Pero el frente externo es aún más complejo. El choque energético derivado de la guerra en Medio Oriente ha reconfigurado el panorama global. Con precios del petróleo rondando los 110 dólares por barril y riesgos persistentes sobre el estrecho de Ormuz, el impacto es doble: más inflación y menos crecimiento. Un clásico “shock de oferta” que erosiona el poder adquisitivo y complica la política monetaria.
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