Los sobresaltos del mundo no son debidamente asimilados por nosotros y las constantes embestidas del gobierno contra técnicos y analistas económicos, la información oficial respectiva y sus proyecciones ayudan poco o nada para este necesario ubicarse en el mundo al cual de todas formas pertenecemos. Si nunca hemos estado aislados, hoy es más que claro que formamos parte de la densa e intensa red de interdependencia económica, material y humana que define el mundo de hoy y el de mañana.
Hace décadas, de hecho apenas concluida la contienda que devastó Europa y buena parte de Asia, los estadistas de entonces se abocaron a imaginar un planeta sin guerras a la vez que sometido en sus convulsiones por los despampanantes saltos científicos y tecnológicos que la propia guerra había hecho surgir. Se imaginó, por parte del gran John Maynard Keynes, un orden de capitalismos nacionales articulados por sencillas reglas de entendimiento e intercambio que harían del comercio mundial un artificio de impulso y estímulo a las economías nacionales.
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