- Reconstrucción de la captura y muerte de los normalistas
La noche del 26 de septiembre, Ernesto Guerrero, de 23 años, vio como el cañón de un Colt AR-15 le apuntaba.
- Vete o te mato.
En aquel momento no lo supo, pero el agente le había librado de una muerte segura.
No fue por azar ni por piedad, sino por pura y simple saturación. Como
Ernesto recordaría semanas después, los policías municipales tenían a
decenas de compañeros de la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa tumbados
boca abajo en el asfalto y se los estaban llevando en camionetas a la
comisaría. Iban hasta los topes. Tan ocupados estaban, que habían pedido
ayuda a los agentes de la vecina localidad de Cocula, y cuando Ernesto,
armado de valor, se acercó a preguntar por la suerte de sus amigos, ya
no disponían de tiempo ni espacio para uno más. Directamente le
apuntaron con el fusil y le conminaron a irse. “Vi alejarse por la
avenida a mis compañeros”, rememora. Esa fue la última vez que supo de
ellos.
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