El hombre
designado por Peña Nieto para resolver la crisis en el suroeste de México
afirma que el objetivo inmediato es "asfixiar económicamente" al
cartel de Los Caballeros Templarios
Salvador Camarena-Apatzingán-El País
En el ambiente podrido que reina ahora en Michoacán, donde nadie confía en nadie, y donde todos se acusan de
todo, el comisionado gubernamental Alfredo Castillo Cervantes (México, 1975)
enarbola un discurso de confianza. Abogado de profesión, policía de oficio y
deportista apasionado, el enviado del presidente Enrique Peña Nieto mete las manos al fuego por sus 200 hombres, pero también
defiende la legitimidad de las autodefensas, vistos por parte de la prensa de
este país como paramilitares o criminales disfrazados de justicieros que
desfondarán al Estado mexicano si este insiste en negociar con ellos. Para
Castillo, en cambio, la paz en esta región pasa por lograr que las autodefensas
confíen en él y en su equipo.
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