Joseph E. Stiglitz y Dean Baker
Artículo Especial para La Jornada
Nueva York.
En las décadas transcurridas desde los shocks petroleros que en los años 70 del siglo pasado provocaron grandes picos inflacionarios y trabas al crecimiento económico, la estabilidad de precios se ha mantenido incluso en momentos de crecimiento firme. Muchos políticos y economistas se llevaron los aplausos, y proclamaron con orgullo que habían hallado la fórmula mágica. Lo que se denominó Gran moderación (https://bit.ly/3AQ1zcN) se basó en que bancos centrales independientes pudieran anclar las expectativas inflacionarias mediante la promesa creíble de subir los tipos de interés al menor indicio de inflación, o incluso actuar en forma preventiva cuando fuera necesario. Independencia quería decir que los bancos centrales no debían (ni solían) preocuparse por comparar los costos (en general, la pérdida de actividad económica y empleo) contra cualquier presunto beneficio.
Pero esta ortodoxia siempre fue cuestionada. Puesto que las alzas de tipos de interés obtienen el resultado deseado reduciendo la demanda, no pueden resolver la inflación derivada de perturbaciones del lado de la oferta, por ejemplo encarecimientos del petróleo (como en los años 70 y de nuevo ahora) o interrupciones de las cadenas de suministro como las vistas durante la pandemia de covid-19 y a continuación de la guerra de Rusia en Ucrania. Subir los tipos de interés no aumentará la oferta de autos, petróleo, granos, fertilizantes o leche de fórmula. Por el contrario, al encarecer la inversión, puede incluso obstaculizar una respuesta eficaz a los problemas del lado de la oferta.
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