- Las utopías del inicio de campaña y la ascensión al poder cegaron el cambio, y restringen a las instituciones que sustentan a AMLO
Denise Dresser
CIUDAD DE MÉXICO (Apro).- Esa noche del 2 de julio del año 2000, en la explanada del Instituto Federal Electoral gritamos, lloramos, nos abrazamos. Repetíamos sin cesar: “logramos sacar al PRI de Los Pinos”. “Logramos una transición votada”. Eran momentos de algarabía, de triunfo compartido. Y no porque hubiera ganado Vicente Fox o el Partido Acción Nacional; eso era secundario y muchos habíamos contribuido a ese desenlace vía el voto útil de la izquierda sólo con el objetivo de acabar con el sistema de partido hegemónico. Celebrábamos la alternancia electoral, el fin del predominio priísta, el destierro de la mancuerna partido-gobierno que había obstaculizado el arribo de la democracia electoral durante décadas.
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