Boris Izaguirre-Madrid- El País
El otrora rey de los
realities ha visto cómo un programa de famosos devenidos en saltadores de
trampolín se transforma en el nuevo favorito de las audiencias. Es inevitable
reflexionar un momento sobre la suerte tanto del reality
como de la revolución bolivariana. Llegaron al poder más o menos en la misma
época: Chávez, tras ganar unas elecciones democráticas en 1998, y Gran Hermano se estrenó en 1999. En
España, un año después, el formato se publicitó como un “experimento
sociológico”. Y revolucionó la audiencia. Chávez consiguió con su revolución
transformar un país. La Venezuela que heredó sobrevivía con el precio del barril
de petróleo a 10 dólares. Consiguió llevarlo a 130 dólares y aprovechó algo de
esos dividendos para reducir la pobreza y ofrecer identidad y voto cautivo a la
población abandonada y sin voz. En España, Gran Hermano nos
hizo más proclives a la creación y consumo voraz de un sinfín de nuevos
personajes televisivos sin fortuna. Nadando en una piscina de riqueza
burbujeante, nos divertíamos como chismosos, voyeurs mediáticos, fascinados por
esa magnética frase: “La audiencia ha decidido que abandone la casa…”. Chávez
convirtió en estribillo el “Exprópiese” desde su programa de televisión Aló, presidente.
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