La Cuarta Transformación proclamada por el presidente López Obrador responde a una particular interpretación de la historia y una voluntariosa periodización de la misma. Se quiera o no, trata de equiparársele con otras gestas que habrían marcado la evolución política del pueblo mexicano, como dijera Justo Sierra. Nada más ni menos se nos ha propuesto con insistencia en estos meses de estreno del nuevo gobierno.
No es aconsejable juzgar la propuesta como si ésta hubiere acabado de desplegarse; tampoco lo es proyectarla en el tiempo y el espacio mexicanos, tan cruzados como están ahora por las grandes corrientes y mareas de la historia presente, a su vez sometida a los avatares de una globalización que así como nos parece ineluctable se nos presenta como un proceso no sólo inacabado sino pletórico de ominosas contradicciones y asimetrías. Desigual y desigualadora, la globalización que irrumpiera impetuosa a finales del siglo XX, no es más la muestra imbatible de la superioridad capitalista. Aunque el desplome de la alternativa haya sido tan estruendoso que reditarlo suene a sueño de opio.
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