Tenemos el menor salario de la región y también una carga tributaria limitada. Por ello no es de extrañar que México tenga una economía política débil y una sociedad pobre y vulnerable, no obstante el tamaño de nuestra economía y el de su población, del poderío exportador y su habilidad para modular sus añejos y renovados conflictos. Además, nuestra democracia representativa no es capaz de deliberar sobre los problemas fundamentales que la aquejan.
Ante esta realidad, las calificaciones extremas sobre nuestra situación y perspectivas no resultan infundadas; algunas son intencionadas y buscan caminos fast track para resolver la cuestión política planteada por López Obrador y sus coaliciones, pero más que abrir brechas para el despliegue de un código democrático productivo, juegan al desplome del régimen y del gobierno. Camino errado si en verdad se busca salir del laberinto; vía rápida para destruir lo poco que hemos podido construir en materia de libertades políticas y ejercicio de derechos fundamentales.
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