Desde su reelección como presidente en 2012, que fue duramente contestada por parte de la población, Vladímir Putin se ha aplicado sistemáticamente a bloquear cualquier perspectiva de modernización del país
José Ignacio Torreblanca / El País
Durante la década pasada, la Europa democrática construyó una imagen de
Rusia que correspondía a la de un país inmerso en un tan intenso como
irreversible proceso de modernización político, económico y social. El
desarrollo económico, se auguraba, crearía una sociedad de clases medias
donde, como en tantos otros lugares de la Europa de la posguerra fría,
los individuos aspirarían a realizarse como personas en un marco de
libertad, derechos y prosperidad compartida. Como es propio de las
sociedades democráticas, en esa sociedad, los aparatosdel
Estado, tan omnipresentes en la historia de Rusia, verían su
protagonismo disminuido a favor de los ciudadanos, las empresas y los
consumidores, que serían, por fin, tanto los protagonistas como los
dueños de su futuro. Muchos soñaron incluso, si no con la adhesión de
Rusia a la Unión Europea, con el establecimiento de un marco tan
estrecho de relaciones en el que cupiera “todo menos las instituciones”.
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