Jorge Eduardo Navarrete / La Jornada
Sólo como un derrotero
al estancamiento, que al menos en forma implícita queda fijado como
destino de la Unión Europea en el resto del decenio, puede leerse el
acuerdo del consejo sobre el presupuesto multianual (2014-2020) adoptado
en sesión que se extendió del 8 al 9 de febrero, en Bruselas. Por
primera vez, la UE aprobó un presupuesto inferior al que ejerce en el
septenato que concluye el año en curso. Cameron y Merkel defendieron con
especial vigor el recorte con el argumento de que si los 27 se
encuentran inmersos en una larga fase de austeridad no podía preverse
algo distinto para los proyectos y las instituciones de la unión: la
astringencia como único destino. Es cierto que la magnitud de los
presupuestos comunitarios, de algo menos de uno por ciento del producto
regional o del orden de 2 por ciento del gasto público agregado de las
naciones de la unión, los torna insuficientes como medios de acción
anticíclica. Es igualmente cierto, sin embargo, que sobre todo en los
países pequeños –o periféricos, como se ha dado en llamarlos– los
recursos comunitarios ejercen un efecto estimulante de la economía y el
empleo mucho más que proporcional a su monto cuantitativo, al proveer
insumos estratégicos para la innovación y la productividad. Ambos
líderes arguyeron también que este presupuesto recortado
atiende a tres ejes: más crecimiento, competitividad y empleo y es compatible con la consolidación [fiscal], como dijo la canciller federal alemana. Olvidó por completo las experiencias que Europa ha acumulado incluso en el presente año: el Reino Unido registró en 2012 cuatro trimestres recesivos y Alemania cerró el año con un marcado debilitamiento. Queda la posibilidad de que el Parlamento Europeo ejerza, ahora que dispone de ella, la facultad de aprobar o rechazar el acuerdo del consejo
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