Una cosa
es cierta. El candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador,
desató la polémica con su insistencia de que es posible generar ahorros por 300
mil millones de pesos en el presupuesto público aplicando una serie de medidas
de austeridad.
Su viejo
planteamiento que retomó en el segundo debate presidencial, prendió. Bastaron
unos minutos para que el Presidente de la República, Felipe Calderón,
enviara un mensaje vía Twitter en el que decía: “Si el gobierno despidiera a
todos los altos funcionarios, de director a Presidente, ahorraría 2,000
millones de pesos, no 300 mil millones de pesos. ½ sueldo: 1,000 millones de
pesos”. Era la descalificación presidencial a las cifras del candidato y, con
ella, la polémica en las redes sociales solo era cuestión de minutos.
Al día
siguiente el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, se sumó a la
descalificación presidencial y a las discusiones del posdebate señalando que el
gasto total en sueldos y servicios personales del gobierno federal asciende a
264 mil millones de pesos, por debajo de los 300 mil millones que surgen de las
cuentas de López Obrador. Meade no dejó pasar la oportunidad para
deslizar un comentario que revive aquello de que López Obrador es “un peligro
para México”. Dijo: “Un programa económico que descansa en la ficción o en el
engaño es el principal ingrediente de la tragedia griega que hoy estamos viviendo”.
Si el
candidato de la izquierda se propuso encender la polémica, hay que decir que lo
logró y con creces. Pero esta vez –a diferencia de otras ocasiones- su polémica
propuesta de reducción del gasto público la acompañó con una explicación
numérica de cómo se llega a esa multimillonaria cifra de ahorro que, por
cierto, puede ser leída en su portal de campaña www.amlo.si
Lo
primero que debo decir antes de entrar de lleno al análisis técnico del
documento es que, por consistencia con lo que en este espacio he planteado
desde hace ya tiempo y más allá de las coyunturas electorales, estoy
absolutamente convencido de la mala calidad del gasto público que se ejerce en
México. Y esto en relación a los presupuestos que se asignan cada año a los
tres poderes de la Unión y a los tres niveles de gobierno. Este gasto no solo
es desmesurado en relación a las tareas que lo justifican (o pretenden hacerlo)
legalmente, sino también -en algunas áreas- es dispendioso y corrupto, como ocurre
con los acuerdos sindicales.
Cada año,
entre septiembre y noviembre, al calor de las discusiones políticas en la
Cámara de Diputados afloran algunas de las escandalosas cifras escondidas en
los ocho tomos del Proyecto de Ley del Presupuesto de Egresos de la Federación
que presenta el Ejecutivo Federal.
Ocasionalmente
la prensa publica alguna de esas ‘perlas’ que evidencian la desmesura, el
dispendio y la corrupción en el gasto público; pero hasta allí. Más allá de
alguna sonroja, no hay ninguna consecuencia real para detener un gasto que
crece incesantemente sin importar que el ingreso esté sustentado en una
variable tan volátil como la del precio del petróleo.
Por eso
me llama la atención una propuesta electoral para revisar el gasto público y la
calidad de su ejercicio. Un asunto que en México –más allá de las simpatías o
antipatías partidistas- debe revisarse con toda responsabilidad.
Mañana
volveremos al caso.
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