JORGE ZEPEDA PATTERSON
/ EL UNIVERSAL
Por vez primera los impulsos antipriistas en algunos sectores de la
sociedad mexicana han adquirido un protagonismo que ha introducido un
margen de zozobra en el cuarto de guerra de Enrique Peña Nieto. Los
escándalos de los gobernadores priistas cuya difusión ha arreciado en
los últimos días, la divulgación de los acuerdos entre el estado de
México y Televisa, el golpeteo incesante en las redes digitales y el
movimiento #yosoy132, se mezclan en una confusa bola de nieve que
amenaza el último tramo de la hasta ahora exitosa carrera del abanderado
del PRI.
Se sabe que la ventaja del puntero está disminuyendo pero es
imposible saber la velocidad con la que se cierra la brecha, toda vez
que las encuestas arrojan resultados disímbolos. Lo que si sabemos es
que a tres semanas de la elección el debate de este domingo constituye
la última oportunidad para asestar un golpe definitivo: sea por parte de
Peña Nieto para consolidar su ventaja de una vez por todas, sea a favor
de sus contrincantes para hacerle trastabillar de manera significativa.
El primer debate equivalió a los dos o tres primeros rounds de una
pelea de box: más fintas y amagos que confrontación real. El segundo
debate se parecerá mucho más a los dos últimos rounds de una pelea en la
que el contrincante que se sabe abajo piensa que todavía tiene
oportunidad de ganar, a condición de echar su resto.
La de esta noche será una confrontación entre fajadores. López
Obrador y Josefina Vázquez Mota intentarán meterse a la confrontación
cuerpo a cuerpo, al intercambio de golpes en busca de un nocaut o una
caída espectacular que les permita sumar los puntos que les separan del
líder.
Por lo que respecta a Andrés Manuel hay pocas dudas de su estrategia.
Intentará consolidar sus propuestas en busca del voto moderado, pero
querrá a toda costa despertar las fibras antipriistas del público; para
ello tendrá que acorralar a Peña Nieto una y otra vez, pero en el
intento podría descuidar su defensa; esto es, mostrarse como rijoso,
peleonero, amargado. En suma, una estrategia de alto riesgo, pero no
tiene alternativa.
No está clara cuál podría ser la estrategia de Vázquez Mota. Parte de
su equipo preferiría golpear a López Obrador en un intento desesperado
por recuperar al menos el segundo puesto. Otros querrían mantener la
estrategia original de cuestionar a Peña Nieto y denunciar los riesgos
de un regreso priista al poder. En los últimos días ambos mensajes han
estado presentes en la campaña panista. El riesgo de Josefina es que
debilite su capacidad ofensiva al dirigirla a dos blancos distintos. Lo
más probable es que termine concentrándose sobre uno de ellos, con
alusiones laterales en contra del otro. La pregunta es ¿cuál de los,
López Obrador o Peña Nieto, será el blanco principal?
Si Josefina opta por concentrar su ataque en López Obrador sabremos,
en definitiva, que el PAN (Los Pinos) ya claudicó a su aspiración
presidencial y deja el camino abierto a Peña Nieto. Lo sabremos esta
noche.
Por su parte, el abanderado priista tiene dos opciones. Los cánones
sugieren que el líder dedique los últimos dos rounds a hacer box de
sombra, evitar el cuerpo a cuerpo, rebotar contra las cuerdas y esperar
el campanazo final. Pero una parte del PRI siente que debe aprovechar la
tribuna del debate para neutralizar la bola de nieve que se ha formado
en las últimas semanas. Esto obligaría al candidato a un par de
intercambios de golpes para consolidar su liderazgo. Una estrategia
arriesgada pero que podría dar resultado.
Por su lado, Quadri será un protagonista mucho menos relevante en
esta ocasión. En todo caso será la toalla que se arroje sobre Peña Nieto
para dar un descanso al priista luego de un intercambio fogoso. Tarde o
temprano será etiquetado como un títere de Gordillo, cosa que nadie se
tomó la molestia de señalar en el primer debate.
Lo que veremos esta noche no es cosa menor. Será transmitido en los
canales principales y las redes sociales reproducirán cada golpe hasta
la saciedad. Los errores y aciertos de los contendientes serán
magnificados en los próximos días. En efecto puede ser la batalla que
decida si dentro de tres semanas tendremos elecciones competidas o un
mero ritual de coronación. Veremos.
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