LUIS RUBIO FREIDBERG / REFORMA
En un episodio de "The West Wing" le preguntan al contendiente para la siguiente elección por qué quiere ser presidente. El candidato balbucea y su respuesta es todo menos convincente. Sus asesores se ríen hasta que súbitamente se percatan que su jefe, el presidente, tampoco tiene idea de para qué quiere reelegirse. Algo así parece la contienda actual: grandes poses pero poca claridad.
Hay muchas maneras de evaluar y contemplar los prospectos de una
elección. Una es estudiar la historia del partido que postula a cada
candidato, otra es analizar el desempeño pasado del propio individuo que
contiende por la presidencia. Quizá sea tiempo de incorporar al
análisis otras variables, probablemente más trascendentes.
Lo fácil es irse por la personalidad del candidato o por sus
propuestas tal y como salen de una plataforma diseñada precisamente para
convencer a los desprevenidos. Las campañas electorales son una
oportunidad para que cada partido y candidato presente su visión del
futuro de una manera sesgada, como si lo que uno quisiera y deseara
fuera siempre posible. En este sentido, las campañas acaban siendo una
excepcional ocasión para exagerar y vender el Nirvana sin la necesidad
de empatar las propuestas con la realidad.
En el calor de la contienda, lo último que los candidatos quieren ver
u oír es que la realidad es más complicada de lo que ellos suponen, que
sus propuestas no son especialmente innovadoras o que hay factores
limitantes que harían difícil, si no es que imposible, la
instrumentación de sus deseos. Es por esta razón que, desde una
perspectiva ciudadana, sería mucho mejor comenzar del otro lado: lo
ideal sería que empezáramos por definir cuáles son los problemas del
país y ver cómo los contendientes responden a esa realidad. Visto desde
esta perspectiva, los ciudadanos obligarían a los candidatos a afinar
sus propuestas y a aterrizar sus planteamientos.
Es posible que las necesidades y retos que el país enfrenta se
resuman en una palabra: productividad. Según Paul Krugman, la
productividad "no lo es todo, pero en el largo plazo es casi todo"
porque determina el número y tipo de empleos que existirán y, por lo
tanto, el ingreso de la población. Quizá una manera de proseguir en esta
contienda sería exigirle a los candidatos que explicaran cómo le harían
para elevar el crecimiento de la productividad de la economía del país.
La productividad es un concepto que resume el conjunto de retos que
caracterizan a una sociedad. En términos simples, la productividad
consiste en producir más con menos recursos, es decir, optimizar el uso
de energía, mano de obra, infraestructura y materias primas para
satisfacer al mayor número de personas. La razón por la cual el concepto
es tan útil es que la productividad sólo puede crecer cuando no existen
obstáculos para que eso ocurra.
Los obstáculos potenciales son de muchos tipos. Cuando un empresario
se propone producir un bien o un servicio, tiene que comenzar por
instalarse, obtener los permisos requeridos y conseguir los recursos
materiales, financieros y humanos para poder hacerlo. Cada uno de estos
pasos entraña problemas potenciales, cada uno ofrece la posibilidad de
convertirse en un obstáculo infranqueable. Por donde uno le busque, la
combinación de monopolios, sindicatos, burócratas, poderes fácticos y
pésima educación e infraestructura es un obstáculo formidable que
amenaza no sólo la productividad sino la viabilidad del país.
Si aceptamos que la productividad es el objetivo a lograr, el país
parece estar diseñado para impedir su crecimiento. No es casualidad que,
en este contexto, la economía informal sea un recurso tan natural, pues
permite obviar muchos de esos obstáculos. Sin embargo, también entraña
límites absolutos a lo que una empresa, y por lo tanto el país, puede
desarrollarse y crecer.
Elevar la productividad general de la economía va a requerir
enfrentar obstáculos, es decir, poderosos intereses que hoy se
benefician del statu quo: de que todo esté paralizado. En teoría, uno
podría suponer que cualquiera de los candidatos podría vencer esos
obstáculos. Sin embargo, eso no ha ocurrido en el país en décadas, lo
que sugiere que no es tan sencillo.
Frente a la necesidad de elevar la productividad, nuestros
candidatos, ya a estas alturas, han sido más bien parcos. El PRI nos
propone fortalecer al gobierno para que vuelva a florecer la economía,
tal y como ocurría en los 60, cuando no había competencia china, las
importaciones eran irrelevantes y el país no tenía compromisos
comerciales o de inversión. El PRD es más avezado: nos dice que lo que
hay que hacer es ignorar la realidad actual y sus restricciones para
reconstruir los 70 porque así, como por arte de magia, se podría imitar a
China o Brasil. El PAN nos dice que hay que ver hacia adelante y
afianzar lo logrado porque no hay hacia dónde regresar.
Por supuesto que cada uno de estos planteamientos no es más que una
caricatura, pero el problema es que no es muy distante de la realidad.
Nuestra única salida como país reside en elevar la productividad y eso
no se va a lograr gastando más como propone el PRD, concentrando el
poder como propone el PRI o sólo combatiendo a la criminalidad como lo
ha hecho el gobierno actual.
Lo que el país requiere es un planteamiento convincente de cómo se va
a facilitar el funcionamiento de la economía, cómo se van a reducir los
costos de producir en el país y cómo se va a acelerar la formación del
personal disponible para que podamos competir de manera exitosa con el
resto del mundo. En otras palabras, el candidato que merecería ganar
será aquel o aquella que nos presente un proyecto razonable que entrañe:
un mayor equilibrio de poderes que haga funcional, pero no abusivo, al
gobierno en su conjunto; un sistema educativo que se concentre en el
educando y no en las demandas del sindicato; y un esquema que privilegie
al ciudadano por encima del burócrata.
Por encima de todo, la clave del próximo gobierno reside en cuál de
los candidatos tiene la capacidad y la disposición para enfrentar los
obstáculos y los intereses que yacen detrás sin destruir la estabilidad
financiera ni afectar los derechos ciudadanos que con tanta dificultad
han avanzado. Cualquiera de los candidatos podría enfrentar obstáculos.
La pregunta es cuál de ellos lo haría sin destruir lo que sí funciona y
que es crucial para el desarrollo.
En lugar de ofrecer bálsamos falsos, los ciudadanos deberíamos exigir
propuestas susceptibles de romper, de una vez por todas, los entuertos
que nos tienen paralizados. Eso sólo es posible viendo hacia adelante
porque lo de atrás es obvio que nunca funcionó.
www.cidac.org
No hay comentarios:
Publicar un comentario