La pulsión de defensa de una sociedad conduce a la búsqueda de un chivo expiatorio. Es hora de romper la perversa dinámica contra quienes vienen de fuera, y de frenar la explotación de los temores que suscitan
Sami Naïr - El País
Cuentan que un famoso intelectual turco, al ser preguntado sobre por qué la UE rechazaba constantemente la integración de su país en el bloque europeo, contestó, con ironía: “No sé, ¿quizás porque somos cabezas de turcos?”.
Sus oportunas palabras apuntaban al papel que cumplen las cabezas de turcos o chivos expiatorios, esos seres o grupos humanos (los inmigrantes, por ejemplo) que cargan con una culpa y sufren un castigo por una situación de la que no son responsables. Los criterios que designan a un individuo o a un grupo como objetos de la agresión son concretos y específicos, pero necesitan indefectiblemente de una condición previa: la debilidad e impotencia de la víctima para defenderse.
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