Amanda Mars - Waashington - El País
El 7 de noviembre Donald Trump se revolvió como un animal herido. Las elecciones legislativas de la noche anterior habían ido mal. Su partido logró amarrar el Senado —algo fuera de duda pues estaban en juego los escaños republicanos—, pero perdió el control de la Cámara de Representantes en lo que —pocos días después se sabría— había resultado la mayor victoria demócrata desde el Watergate. El vuelco —esa era la peor señal para el presidente— vino impulsado por una marea de participación: 116 millones de estadounidenses acudieron a las urnas, cuando en 2014 solo lo hicieron 83 millones. Los candidatos demócratas habían logrado aquel martes casi tantos votos como él mismo en las presidenciales de 2016. La llamada ola azul había llegado y el hombre que protagonizó la campaña lo sabía.
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