- Muchos mexicanos en amplias zonas del país tienen la sensación de que el Estado ha perdido la batalla y comienzan a actuar en consecuencia
La prensa y la opinión pública mexicana respiran al ritmo de la última declaración, exabrupto u ocurrencia de Andrés Manuel López Obrador, quien tomará posesión el 1 de diciembre. La exégesis de la anécdota y la autopsia del gesto ocupan el espacio de las tertulias de radio y televisión y llenan las columnas de los periódicos. Y ciertamente el folclore del personaje ofrece abundante material. El problema es que toda esta cháchara mediática ha servido para juzgar y condenar, de una vez por todas, una propuesta de Gobierno que en más de un sentido es quizá nuestra última oportunidad antes de llegar al límite que abriría el camino a una opción fascista.
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