¿Por qué se ha convertido la confianza en el Estado
de bienestar en desesperanza?
Predican austeridad cuando lo más
necesario y urgente son los programas de obras públicas
Un eficaz control del sistema
financiero requiere que un amplio porcentaje de los electores se instruya en el
funcionamiento del sistema capitalista
Gabriel Jackson / El País
Desde
aproximadamente el año 2007, mis lecturas y conversaciones me han dejado la
firme impresión de que en todos los países “avanzados” de Europa, las Américas
y Asia, la gente de las más diversas creencias políticas y capacidades
intelectuales, desde la derecha moderada hasta la extrema izquierda, está
profundamente desanimada acerca del futuro político-económico de sus países.
A fin de
cuentas, el siglo XX parecía prometedor. Las potencias democráticas
capitalistas y la Unión Soviética derrotaron al fascismo (con las importantes
excepciones de España y Portugal) en la Segunda Guerra Mundial, y durante el
periodo que la siguió la mayoría de los regímenes imperialistas europeos en
África y Asia fueron sustituidos por soberanías locales. Asimismo, entre 1945 y
1990, la guerra fría hizo ver, a todos aquellos que no estaban cegados por
dogmas ideológicos, que el capitalismo, bajo los auspicios políticos
democráticos, era muy superior al socialismo autoritario del imperio soviético
estalinista y posestalinista, un imperio que, afortunadamente, se disolvió sin
que se produjera una guerra. En los años noventa, la mayoría de los
conservadores moderados y los socialdemócratas estaban de acuerdo en que el
Estado de bienestar (la combinación de una economía generalmente capitalista
con democracia política, y con servicios sociales que garanticen un mínimo de
salud, educación y de sustento a todos los ciudadanos) representaba el probable
futuro para una parte sustancial de la humanidad.
¿Por qué,
y cómo, ha sido desplazado el razonable optimismo de los años noventa por la
literal desesperanza a partir de 2007? Un factor muy importante es el resultado
de la victoria del capitalismo democrático en la guerra fría. Por autoritarios
e ineficientes que fueran la agricultura, la vivienda, la asistencia sanitaria
y el sistema de pensiones soviéticos, lo cierto es que, de algún modo,
funcionaban. Y que había escuelas públicas en las que se enseñaba en las
docenas de lenguas habladas por pequeñas, pero culturalmente reconocidas,
nacionalidades. Durante la guerra fría, todos los Gobiernos capitalistas
conocían esas políticas y adoptaron la sabiduría política de mantener sus
propios servicios sociales. Pero, una vez disuelta la Unión Soviética, los
conservadores americanos y europeos no vacilaron en atacar al Estado de
bienestar como derrochador, inasumible a largo plazo, etcétera.
Otros tres factores de inquietud sobre el futuro
son la llegada del cambio climático, el rápido incremento de la población
mundial y el claramente predecible agotamiento de muchos recursos naturales. A
partir de 1990, solo la comunidad científica y quienes vivían cerca del nivel
del mar o próximos a los deshielos estaban plenamente convencidos del cambio
climático. También algunas de las pruebas que se hicieron públicas pudieron ser
convincentemente rebatidas debido a errores técnicos y a controversias
profesionales entre científicos. Pero el número cada vez mayor de tormentas,
sequías, inundaciones y cambios de temperatura de los últimos años ha
convencido a la mayoría de la gente de que el cambio climático se está
produciendo realmente, con efectos que requieren de una seria y específica
cooperación internacional que apenas ha comenzado a tener lugar.
Y llego
así a la cuestión de qué se necesita hacer durante las próximas décadas si
queremos superar la muy comprensible desesperanza del presente. En los dos
siglos pasados, el sistema capitalista ha tenido mucho éxito en lo concerniente
a la invención, la producción en masa y la distribución comercial de todo tipo
de bienes y servicios. Pero es un sistema amoral, que no asume una voluntaria
responsabilidad en favor de las libertades y el bienestar físico de la
población en su conjunto. La justicia, la educación general sin distinción de
clase social, así como las condiciones de trabajo en las fábricas y en las
minas se deben a logros de Gobiernos elegidos democráticamente y de sindicatos.
La acción política siempre ha sido necesaria para alcanzar cierto grado de
justicia económica.
La acción
política también es necesaria para poner límites a las nuevas formas de la
actividad capitalista que se han desarrollado desde la invención de las
computadoras y de la capacidad de mover capitales a cualquier lugar del planeta
en cuestión de fracciones de segundo. Al ser el capitalismo un sistema amoral
de comportamiento económico, no tiene importancia alguna para el presidente de
un banco o para el gestor de hedge funds si alguien se hace
multimillonario inventando un teléfono excelente, útil para millones de
personas, o ganando su apuesta sobre el precio que tendrá el brócoli en los
mercados de futuros recientemente establecidos.
Solo los Gobiernos elegidos democráticamente pueden
poner bajo control ese tipo de locura financiera. De hecho, el Congreso de
Estados Unidos aprobó en 1933 la Glass-Steagall Act, que regulaba el sistema
bancario separando la banca de depósito, para administrar depósitos y préstamos
relativamente pequeños a negocios y a familias, de la banca de inversión, para
operar con grandes y arriesgadas inversiones en nombre de clientes que ganaban
su vida invirtiendo en costosas actividades de otras personas e instituciones.
La Ley
Glass-Steagall protegió los ahorros de millones de familias estadounidenses
hasta que, bajo la fuerte presión de Wall Street, fue derogada en 1999. Una
década más tarde, cuando las enormes bancarrotas de 2007 y 2008 comenzaron a
ser investigadas, se pudo saber que muchos bancos, liberados de las reglas de
inversión de la Ley Glass-Steagall, habían perdido millones de dólares
“invertidos” sin conocimiento de sus propietarios, y en muchos casos perdidos
sencillamente en operaciones especulativas multimillonarias. A los bancos se
les salvó luego con dinero de los contribuyentes, con el consentimiento del
presidente Bush, seguido después por el consentimiento del presidente Obama,
convencidos ambos por asesores de Wall Street de que el sistema financiero
norteamericano al completo se derrumbaría si no era rescatado por los ahorros
de millones de personas que nada tenían que ver con las insensatas
especulaciones de la década que precedió a la actual depresión que comenzó en
2007 y que todavía nos acompaña.
Algo que
es de una necesidad incuestionable, y que recientemente ha comenzado a ser
recomendado por algunos de los mismos banqueros que guiaron el acoso a la Ley
Glass-Steagall, es renovar la separación entre bancos de ahorros y bancos de
inversiones. Lo que a mi vez me lleva a afirmar que un eficaz control de los
sistemas financieros nacionales e internacionales requiere que un amplio
porcentaje de los electores se instruya en el funcionamiento del sistema
capitalista. Wall Street y sus equivalentes en otros países avanzados nunca
aceptarán una verdadera regulación sin sostener una encarnizada lucha,
financiada por millones de dólares procedentes de grupos de presión. Los
legisladores que reciben apoyo electoral de acaudalados capitalistas nunca
votarán a favor de controles financieros a menos que sus electores demuestren que
tienen un conocimiento general de cómo funciona el sistema. En estos últimos
años, tanto en España como en Estados Unidos, me propuse preguntar a personas
que se manifestaban qué tipo de control legislativo les pedirían establecer a
sus representantes electos. A menudo la pregunta les sorprendía. Las respuestas
solían ser muy emocionales, muy condenatorias del capitalismo existente, pero
preocupantemente imprecisas en cuanto a su contenido real.
Finalmente,
hay otro obstáculo tremendo de cara a la resolución de esta presente y severa
depresión. La mayoría de los banqueros, tanto norteamericanos como europeos,
están viviendo todavía en los comienzos del siglo XX, antes del desarrollo de
la socialdemocracia escandinava, antes del new deal de Franklin Roosevelt,
antes del Estado de bienestar que demostró la superioridad de la
socialdemocracia europea sobre el socialismo autoritario. Predican austeridad y
más austeridad, cuando lo inmediatamente necesario son los programas de obras
públicas que proporcionen el necesario sustento a los ahora desempleados y a
sus familias, y que de ese modo se regeneren las actividades económicas de todo
tipo. La supervivencia de la democracia política exigirá una bien informada
regulación democrática del sector financiero.
Gabriel
Jackson es
historiador.
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