miércoles, 13 de junio de 2012

LA MENGUADA RECIPROCIDAD EN NUESTRAS RELACIONES EXTERIORES


Mauricio de María y Campos / El Financiero
En meses recientes, mexicanos viajando a España se enfrentaron a contratiempos y requisitos adicionales a los que nuestro gobierno exige a los ciudadanos españoles que ingresan a México.
Afortunadamente, la acción diplomática de la Secretaría de Relaciones Exteriores ante la cancillería española fue rápida y efectiva. Ha habido un cambio en la actitud de las autoridades migratorias españolas frente a los ciudadanos mexicanos. Lamentablemente, en otros casos no ha estado ocurriendo la misma reciprocidad esperada.
Esta práctica causó escozor, sobre todo tratándose de un país amigo del que han emigrado desde el siglo XVI tantas personas que México ha recibido generosamente en momentos difíciles, y que hoy día constituye el origen de un gran flujo de turistas, académicos, empresarios y recientemente de personas en busca de oportunidades de trabajo y negocios ante la crisis económica y de empleo que está sufriendo España. La verdad es que "nos llovió sobre mojado". Hace algunos meses muchos mexicanos nos sorprendimos y molestamos ante la actitud adoptada en España en el caso de la inversión minoritaria de Pemex en Repsol, recordando la gran presencia española en sectores estratégicos mexicanos como la banca, el turismo, la energía y la industria de la construcción, en los que obtiene buenas ganancias y una significativa remisión de dividendos. No se vale.
En estos temas hay un principio básico detrás: el de la reciprocidad, que no siempre se aplica, pero que es factor fundamental de la amistad entre los pueblos y que a cada país soberano le corresponde exigir y garantizar dentro de un concepto de equidad y de cooperación entre estados; por supuesto, en el marco de las legislaciones nacionales, los tratados bilaterales y multilaterales vigentes y la jurisprudencia existente.
Lamentablemente, son muchos los casos en que México ha olvidado o cedido en años recientes frente a este principio básico de la diplomacia, que es la reciprocidad. Unos cuantos ejemplos preocupantes.
En materia migratoria los mexicanos se han enfrentado siempre, al igual que los ciudadanos de otros países, a una absoluta falta de reciprocidad de parte de Estados Unidos. Mientras que los mexicanos debemos padecer múltiples requisitos -y en ocasiones maltratos- al intentar ingresar legalmente a nuestro vecino del norte y pagar una visa cada vez más costosa, los ciudadanos de EU pasan sin problemas ni costo alguno por nuestras fronteras sin tener que justificar razones turísticas, académicas o de negocios. Las razones son obvias y conocidas. Lo grave es que mexicanos tengamos que lidiar con largos periodos de espera para obtener una visa e ir de vacaciones o de compras, ya no se diga para estudiar o trabajar en su país. Ha habido avances en beneficio de turistas y empresarios recurrentes, pero el hecho es que no hay reciprocidad en la práctica, no obstante haber firmado un tratado de libre comercio y muchos otros acuerdos más.
Otro botón de muestra: a partir de hace un par de años México ha acordado aceptar el ingreso a México de ciudadanos de terceros países cuando son portadores de una visa válida de EU. Ello ha facilitado el ingreso a México de turistas, académicos y empresarios asiáticos, africanos, e incluso latinoamericanos que de otra manera sólo hubieran podido ingresar a México después de largos trámites ante autoridades mexicanas y que muchas veces se desisten por ello de visitar nuestro país. ¡Enhorabuena! Pero la decisión no parte de un acuerdo de reciprocidad. Es una práctica lesiva a nuestra soberanía que otros países difícilmente aceptarían.
Hace dos años Canadá, nuestro otro socio del TLCAN, decidió exigir visa a mexicanos mediante uno de los trámites más complejos en mi experiencia diplomática. Se dijo que era necesario por los abusos de nacionales que pedían "asilo político". Aunque ya han modificado su legislación interna para impedir esos abusos, los mexicanos ya nos quedamos con el trámite engorroso, negativas frecuentes sin sentido y la costosa visa, mientras que los canadienses entran sin problema a México. ¿No podíamos haber establecido ya, como mínima reciprocidad, una visa que se pagara en el punto de ingreso a nuestro país, como lo hacen otras naciones? En cambio a Colombia y Perú, miembros de la Alianza Pacífico, que no nos exigen visa, mantenemos nuestro requisito.
Pero el problema está también en comercio, inversiones, normas técnicas y muchas otras áreas, donde México hace concesiones unilaterales crecientes sin reciprocidad alguna, que lesionan nuestra economía, intereses nacionales y soberanía, a veces incluso -como en materia de comunicaciones y transportes- en violación de la legislación nacional, usando subterfugios "legales" diversos. ¿No habrá llegado ya la hora de ponerle fin a estas prácticas? No sólo nos iría mejor: nos respetaríamos más, que es la base para tener el respeto de otras naciones.
Director del IIDSES-Ibero y exsubsecretario de Industria

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