- El presidente estadounidense presume de su doctrina ‘Donroe’ de hegemonía en el continente americano
Macarena Vidal Liy - Washington - El País
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro parece haber envalentonado a Donald Trump. Desde la operación militar de su país el pasado sábado, el presidente estadounidense, cuyo fuerte nunca ha sido la sutileza, ha redoblado la dureza de su retórica. Mientras trata de coaccionar al nuevo liderazgo venezolano para que obedezca a Washington a pies juntillas, lanza amenazas cada vez más abiertas sobre la posibilidad de operaciones similares en otros países de América Latina —incluidos aliados como México o Colombia— y vuelve a hablar de sus ambiciones hacia Groenlandia.
Con el secuestro de Maduro —el propio Trump se ha mostrado de acuerdo en que se trata de una “buena palabra” para definir lo ocurrido en la madrugada del sábado en una base militar en Caracas—, el presidente estadounidense ha demostrado hasta qué punto está dispuesto a llegar cuando se trata de neutralizar a un líder considerado como una amenaza a los intereses estadounidenses. Un punto que él mismo no se había llegado a plantear en serio hasta la segunda mitad del año pasado, tras una primera etapa en la que la intención había sido negociar con el régimen para abrir el acceso de las empresas petroleras estadounidenses al sector energético venezolano.
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