Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
El pasado 4 de noviembre participé en una de las sesiones del curso “México y España, una historia compartida. Las transiciones a la democracia 1960-2000”, organizado por la Universidad Autónoma de Madrid y el Centro de Estudios Mexicanos UNAM-España; comparto con los lectores una versión de mi intervención.
I. Revisitar nuestra historia reciente para volver a preguntarnos sobre la actualidad que tiene el vocablo transición se ha vuelto asignatura obligada, entre otras razones, porque la hemos dejado arrumbada por demasiado tiempo. Sobre todo, si inscribimos esta pregunta en la cuestión mayor del estado que guarda el “momento” democrático de una transición que no parece haber aterrizado adecuadamente; no, al menos, según los criterios de evaluación gestados en la propia transición que, en México, se iniciara en 1977-1978. Menos todavía si comparamos nuestra experiencia con la vivida en España en época similar.
Un tránsito de avances, retrocesos y encalles y, en medio, prácticamente incólume, se ha mantenido el rostro de pobreza y desigualdad social articulado por una informalidad laboral inconmovible. Nefasta combinatoria que ha restado credibilidad al propio sistema político surgido de nuestra transición a la democracia, aparte de constituir una fuente permanente de inestabilidad y descontento social.

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