lunes, 13 de octubre de 2025

RoMorena

Luis Rubio - El Siglo de Durango

Una república segura de sí misma, hegemónica bajo lasmedidas convencionales, comienza a precipitarse hacia el caos y el conflicto civil. Su clase gobernante ha estado concentrando de manera constante la inmensa riqueza de la república en sus propias manos, ignorando la creciente precariedad de los menos favorecidos. A medida que aumenta la inestabilidad, esta clase, que en gran medida también había monopolizado los cargos políticos, empieza a perder credibilidad ante el resto de la población. Los demagogos, surgidos de esa misma clase gobernante pero que explotan el odio popular contra ella, prosperan. Al mismo tiempo, la corrupción política crece y el escarnio popular explota. Sin embargo, las muestras de exceso y abuso amenudo resultan sermás un vehículo de entretenimiento o de ajustes de cuentas producto de vendettas y venganzas entre familias poderosas que mecanismos para hacer valer la justicia. Las transiciones de poder se tornan tensas, irregulares y marcadas por la violencia. La peligrosa lógica de la superioridadmoral implica que las violaciones a las leyes y normas por parte de un bando casi garantizan violaciones aún peores por parte de sus oponentes cuando, inevitablemente, cambien las mareas políticas. 

Uno pensaría que se trata de una descripción del acontecer nacional en los últimos tiempos, pero en realidad se trata de la descripción que hace Josiah Osgood sobre las últimas décadas de la república romana en su libro Lawless Republic, “La república anárquica”. El mensaje central del libro es que el declive de Roma es un poderoso recordatorio de que las instituciones republicanas no pueden sobrevivir si sus élites evaden sus responsabilidades centrales, son impunes ante sus actos y viven distantes, o abstraídas, de las preocupaciones cotidianas de la población. Todavíamás al punto, dice Osgood, “el poder de la retórica y la demagogia en cualquier república popular debería darnos razón para dudar de que las elecciones servirán como un contrapeso para el mal comportamiento de las élites”. Y concluye: “Procesar judicialmente a los liderazgos por los crímenes en que hayan incurrido puede ser peligrosamente desestabilizador. Pero, comomuestra el caso de Roma, permitir que los líderes populares queden impunes de sus crímenes es mucho más peligroso en el largo plazo”.

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