Carlos Ramírez - El Independiente
La visita oficial del secretario estadounidense de Estado, Marco Rubio, careció de una verdadera estrategia de replanteamiento de las relaciones bilaterales con México y se redujo a la corresponsabilidad en la seguridad fronteriza, pero fue muy obvio el silencio del visitante extranjero sobre la exigencia del presidente Trump de meter tropas estadounidenses a territorio mexicano para destruir a los cárteles del narcotráfico.
Ese estilo personal de Trump de obsesionarse con medidas aisladas facilitó la respuesta mexicana porque las leyes y artículos constitucionales impiden la subordinación mexicana a los intereses de EU. Aunque quisiera, la presidenta de México está impedida constitucionalmente para permitir la entrada de ejércitos extranjeros.
Y lo que fue anunciado a finales de julio como un gran Acuerdo de Seguridad integral entre las dos naciones con efectos en política exterior e intercambio comercial se desinfló a un programa de cooperación fronteriza. Los temas de la penetración de tropas, de entrega de narcopolíticos mexicanos y la captura de más jefes de cárteles que producen droga en México y la contrabandean a Estados Unidos quedaron en el aire y sujetos a mecanismos de colaboración y entendimiento que ya existían.

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