- El verbo es la ignorante ternurita de sentirse decente, creerse inteligente, intocable e inmune en medio de un fango decadente donde hay verbos que suelen caer en desuso
Jorge F. Hernández - El País
El verbo merece incluirse en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y una de sus muchas posibles acepciones podría rezar: “Dícese del necio afán por confundir riqueza injustificada con opulencia supuestamente merecida”. En otro párrafo podría intentar explicarse la enfermedad como “Rajar o amedrentarse ante puñetazos reales habiendo fardado antes intimidación, agresión y bravuconería con ancianos, mujeres o adversarios ideológicos” y la obligatoria referencia a “Sintomatología trasnochada de quien soportó décadas de penurias como penitencia para ascender con canas a Primera Clase”.
Noroñando recuerdo la baba militante, las marchas con el puño en alto y algunas canciones que ya desafinaban alrededor de fogatas improvisadas. Tanta saliva hueca de esperanzas engañosas se fue decantando en cuanto el poder empezó a oxidar las guayaberas y los huipiles y noroñando la vida, la “digestión” de tamales y comensales obreros se ha sustituido por la “degustación” del pato a la naranja. Del fogón campesino a la fogata campirana con una campesina echando tortillas y campesinos vueltos custodios.

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