sábado, 6 de septiembre de 2025

Noroñar

  • El verbo es la ignorante ternurita de sentirse decente, creerse inteligente, intocable e inmune en medio de un fango decadente donde hay verbos que suelen caer en desuso

Gerardo Fernández Noroña en Ciudad de México, el 12 de diciembre de 2024. Galo Cañas Rodríguez (Cuartoscuro)

Jorge F. Hernández - El País

 El verbo merece incluirse en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y una de sus muchas posibles acepciones podría rezar: “Dícese del necio afán por confundir riqueza injustificada con opulencia supuestamente merecida”. En otro párrafo podría intentar explicarse la enfermedad como “Rajar o amedrentarse ante puñetazos reales habiendo fardado antes intimidación, agresión y bravuconería con ancianos, mujeres o adversarios ideológicos” y la obligatoria referencia a “Sintomatología trasnochada de quien soportó décadas de penurias como penitencia para ascender con canas a Primera Clase”.

Noroñando recuerdo la baba militante, las marchas con el puño en alto y algunas canciones que ya desafinaban alrededor de fogatas improvisadas. Tanta saliva hueca de esperanzas engañosas se fue decantando en cuanto el poder empezó a oxidar las guayaberas y los huipiles y noroñando la vida, la “digestión” de tamales y comensales obreros se ha sustituido por la “degustación” del pato a la naranja. Del fogón campesino a la fogata campirana con una campesina echando tortillas y campesinos vueltos custodios.

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