David Cervantes Arenillas - El Economista
El aumento del salario mínimo en términos reales es una política que ha cobrado gran relevancia desde 2014, año en el que inició un debate sobre la necesidad de recuperar su poder adquisitivo dado su estancamiento por más de dos décadas. Uno de los temores de esta medida es que dadas las condiciones de la economía en cuanto a crecimiento potencial y holgura, los incrementos se traspasarían al resto de la distribución salarial, provocando distorsiones inflacionarias en la economía.
La evidencia muestra que estas distorsiones no se han dado. Tomando como referencia el periodo entre 2015 y 2022, el salario mínimo ha tenido un crecimiento promedio anual de 8.8% en términos reales, en cambio, el salario promedio de cotización del IMSS en ese mismo periodo solo creció en promedio anual 1.7% y la mediana de ingreso 3.6%. En este sentido, al observar las distribuciones salariales, lo que ha sucedido es una compresión de las colas de la distribución salarial, es decir, que empleos de mayor remuneración se han perdido y los de menores ingresos se han desplazado a la derecha, por lo tanto, los incrementos del salario mínimo han contribuido a elevar el nivel de remuneración de trabajadores de menores ingresos, pero este efecto positivo ha sido limitado ya que ha provocado una mayor concentración en empleos de hasta dos salarios mínimos.
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