- Trasladar el endurecimiento de fronteras a los límites entre México y Guatemala representa para la Casa Blanca una medida vicaria para paliar el problema de la migración sin pagar la factura política
Jorge Zepeda Patterson - El País
Funcionarios de migración de México detienen a un hombre haitiano y su hijo en Escuintla, Chiapas, el 2 de septiembre. MARCO UGARTE / APLa crisis que enfrenta Joe Biden y la tragedia que vive Haití han puesto a México contra la pared. El humanismo y el nacionalismo nunca han sido buenos compañeros; algunos “ismos” pueden congeniar entre sí, pero por lo general se estorban unos a otros. El amor que se dispensa en función de un pasaporte, suele ser mezquino con el resto de la especie humana.
Los mexicanos estamos atrapados justo en esta perversa paradoja. La dura disyuntiva que supone elegir entre los intereses nacionales inmediatos y la solidaridad tantas veces prometida frente a millones de seres humanos desesperados. Abrir fronteras a los que piden refugio por hambrunas, persecuciones políticas y raciales, violencia y otras calamidades nunca ha sido una medida popular entre los ciudadanos de un país anfitrión. Lo vive Europa con los refugiados sirios y Colombia y Ecuador con oleadas de angustiados venezolanos.

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