A principios de la década de los 70 del siglo pasado, pululaban por el entonces Distrito Federal exiliados políticos centro y sudamericanos y caribeños y las cárceles del país –vaya paradoja– estaban llenas de presos políticos mexicanos. Un tanto a regañadientes, el gobierno priísta daba cobijo a perseguidos de las dictaduras que se enseñoreaban en buena parte del subcontinente. En la primera mitad del siglo el régimen surgido de la Revolución Mexicana tuvo –a pesar de sus miserias– un influjo innegable en los movimientos sociales progresistas. La condición de México como contrapeso a las tiranías militares se acentuó a partir del pinochetazo de 1973 y del golpe castrense de 1976 en Argentina.
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