- La moraleja es que deberíamos desconfiar de las virtudes mágicas de las reformas simples y ocurrentes.
Esta es la historia de dos países que, con la misma renta per capita,decidieron compartir una moneda. En los dos países el sistema político obligaba a gobernar mediante amplias coaliciones que incluían a muchos partidos. Esto dificultaba la atribución de responsabilidades y, a juicio de muchos, hacía que los Gobiernos fueran frágiles e incapaces de pensar en el largo plazo. En parte por ello, los dos países compartían un mismo problema: una altísima deuda pública. El país A estaba embarcado en una serie de reformas institucionales destinadas a corregir estos problemas: el sistema electoral se hizo más mayoritario, los partidos viejos desaparecieron o sufrieron mutaciones que los hicieron irreconocibles, y las elecciones por fin pasaron a ser competiciones entre dos bloques, uno de centro-izquierda y otro de centro-derecha, que ganaban o perdían y se sucedían en el poder. En el país B, sin embargo, la fragmentación electoral y parlamentaria siguió campando a sus anchas. Las elecciones eran la misma sopa de letras de antes, y no servían para declarar un ganador y un perdedor.
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