Después de haber defendido el modelo de gobernanza neoliberal y globalizador con todos los argumentos posibles –y algunos inverosímiles– frente a las impugnaciones de altermundistas, economistas progresistas, organismos sociales y gente provista de sentido común, los ministros de finanzas del Grupo de los 20 (G-20) han comenzado a cuestionarse sobre la viabilidad de buscar una alternativa a dicho modelo sin minar, desde luego, las bases sobre las que descansa el sistema capitalista. Paradójicamente, el motivo de la sorpresiva reconsideración no es una de las múltiples críticas que periódicamente formula la izquierda contra el concepto mismo de globalización, sino la política de hechos consumados que está llevando a cabo Donald Trump, cuya apuesta por el proteccionismo, el establecimiento unilateral de gravámenes en función de los intereses estadunidenses, la relocalización de grandes empresas en su país y el condicionamiento a las inversiones de las mismas golpea en plena línea de flotación al proyecto globalizador.
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