- Francisco se rodea de jóvenes y les advierte de que “un carro nuevo o los bolsillos llenos de plata” son trampas del crimen organizado
Pablo Ordaz - El País
Hay un Jorge Mario Bergoglio jefe de Estado, el que se queda callado ante los abusos del régimen cubano para favorecer el diálogo con Estados Unidos. Otro Bergoglio, el obispo de Roma, trata de recuperar a través de sus homilías la esperanza de los cristianos en una Iglesia convaleciente. A un tercer Bergoglio, cabeza del Vaticano, se lo llevan los diablos ante una jerarquía más pendiente de sus privilegios que de los problemas reales de la gente. Y hay, por fin, un cuarto Bergoglio, el párroco porteño, quien en la intimidad de su habitación en la residencia de Santa Marta, tal vez con un mate sobre el escritorio, construye duros discursos contra la corrupción de los políticos, la pederastia en la Iglesia y las mafias del narcotráfico y el crimen organizado. Existe un método muy poco académico, aunque eficaz, para descubrir esta última versión —la más auténtica— de un Bergoglio que llegó a Papa.
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