El mundo afronta el enorme riesgo de asistir al despliegue de una tercera guerra mundial, y Europa, como en aquel terrible ayer, vuelve a presentársenos como ingobernable. El orgulloso sentido común europeo, creado tras décadas de esfuerzo comunitario, de verse y ser vista como un lugar seguro y promisorio (algunos dijimos que como un auténtico proyecto civilizatorio), se desplomó este verano. No fue un verano caliente más.
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