Joaquín Estefanía / El País
Las divergencias no estarían sólo entre los que creen que la culpa del
desmoronamiento es de la comunicación (la célebre “piel” de Floriano) o
los que apoyan que la responsabilidad es de la desigual gestión de la
crisis económica (los recortes de la protección social y la devaluación
salarial para los más). Ni siquiera entre Moncloa, la sede del Gobierno,
y Génova (la del partido). No sólo entre quienes ven inevitable un
acercamiento a Ciudadanos (aunque no sea el momento de decirlo, hay que
empezar a crear las condiciones) y los que ven inevitable “la gran
coalición” con los socialistas. La principal divergencia en el seno del
Partido Popular (PP) se manifiesta entre quienes entienden que hay que
mantener con rigidez la política económica de austeridad a pesar de los
síntomas de recuperación económica y quienes opinan que ante un
calendario electoral tan intenso (después de las debacles electorales en
las europeas y andaluzas hay municipales y autonómicas, después
catalanas y, al final del año, comicios generales) hay que hacer
política, y hacer política siempre ha significado movilizar el gasto
público.
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