La visión pesimista del futuro en el Viejo
Continente, sumada a la debacle económica y al descrédito de los gobernantes,
nos invitan a pensar en un camino equivocado. Quien lo tiene todo siempre teme
perderlo
Jordi Soler / El País
El escritor Henry David Thoreau, mosqueado y descontento con
los cambios violentos que el progreso, a mediados del siglo XIX, empezaba a producir
en su país, se fue a vivir solo en el bosque, en una cabaña que construyó él
mismo, para pensar una estrategia personal que lo mantuviera a salvo de ese
progreso, que ya desde entonces avanzaba de manera salvaje y que él vislumbraba
como una auténtica amenaza. Era la época en que la máxima velocidad, la del
caballo, había sido desplazada por la velocidad del tren, que era un medio de
transporte tirado por una máquina que prescindía de los animales, es decir, de
la naturaleza; y esta situación hacía que Thoreau mirara al tren como el
enemigo de su proyecto de vida.
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