La historia nos enseña que no hay nación que pueda,
por sí sola, garantizar la estabilidad del sistema. La solidaridad, la solidez
de las instituciones y el diálogo son los mejores recursos para construir el
futuro
Larry Summers / El País
Si uno se fija bien, 2014 es un año de
aniversarios. Es el centenario de 1914, un momento en el que el mundo se manejó
mal a sí mismo, y de ese mal manejo cosechó la más espantosa de las
consecuencias conocidas hasta entonces. Una desgastada primera potencia, Gran
Bretaña, no supo actuar prudente ni consecuentemente frente a la emergente
maquinaria económica germánica. Ante esto, otros se posicionaron para sacar
ventaja, permitiendo que las aspiraciones y fuerzas nacionalistas se
convirtieran en el aglutinador que procurara legitimidad a Gobiernos
cuestionables y que en lo económico no acababan de dar la talla. La confusión,
la complacencia y la confianza dieron lugar al cataclismo con una rapidez
devastadora, y el mundo nunca fue ya el mismo.
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