miércoles, 5 de junio de 2013

EL CICLO QUE VIENE

El próximo horizonte político nos presenta a los partidos y a las instituciones como malhechores en lucha por la apropiación del erario público. La alternativa es el neopopulismo: los bandidos amigos del pueblo

 / El País
Desde hace algún tiempo, se ha convertido en un tópico el hablar, a propósito de las consecuencias de la crisis económica y de la situación actual en general, de fin de ciclo: habríamos llegado al agotamiento de las estructuras sociales y políticas creadas durante la Transición a la democracia, si hablamos de España, o bien de las creadas al final de la II Guerra Mundial, si hablamos de Europa y de Estados Unidos. En ambos casos, esta hipótesis del “fin de ciclo” tiene un componente psicológicamente tranquilizador comparada con su alternativa más socorrida, la del célebre mantra “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esta última, que tiene fama de “conservadora”, hace de nosotros, los sujetos pacientes de las consecuencias de la crisis, también agentes culpables de la misma; la primera, que por tanto aparece como más “progresista”, presenta estas consecuencias como algo objetivo (la obsolescencia de un mecanismo que ha llegado a su término), tan independiente de nosotros como las catástrofes naturales o tan fortuito como los accidentes aéreos. Pero, sin intentar minimizar las diferencias, lo cierto es que las dos suposiciones vienen a diluir en la niebla (en la niebla de la culpa colectiva la una, y en la del fatalismo histórico-generacional la otra) la evidencia de que cosas tales como las que hoy nos pasan, a diferencia de las inundaciones o los fallos técnicos, son el resultado de ciertas acciones de ciertos hombres cuya silueta se difumina en el anonimato, dando así pábulo a la creciente sensación paranoide —siempre tan del gusto del público— de un “Gobierno mundial en la sombra”. Exactamente como sucede con la no menos cacareada “crisis del Estado-nación” (que forma parte del paquete cuyo ciclo estaría tocando a su fin), cabe preguntarse, como no hace mucho hacía un columnista de este periódico, si lo que quiere presentarse como un “hecho histórico” ineludible no será más bien un programa deliberado y cargado de intenciones.

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