El próximo horizonte político nos presenta a los partidos y a las instituciones como malhechores en lucha por la apropiación del erario público. La alternativa es el neopopulismo: los bandidos amigos del pueblo
José Luis Pardo / El País
Desde hace algún tiempo, se ha convertido en un tópico el hablar, a
propósito de las consecuencias de la crisis económica y de la situación
actual en general, de fin de ciclo: habríamos llegado al agotamiento de
las estructuras sociales y políticas creadas durante la Transición a la
democracia, si hablamos de España, o bien de las creadas al final de la
II Guerra Mundial, si hablamos de Europa y de Estados Unidos. En ambos
casos, esta hipótesis del “fin de ciclo” tiene un componente
psicológicamente tranquilizador comparada con su alternativa más
socorrida, la del célebre mantra “hemos vivido por encima de nuestras
posibilidades”. Esta última, que tiene fama de “conservadora”, hace de
nosotros, los sujetos pacientes de las consecuencias de la crisis,
también agentes culpables de la misma; la primera, que por tanto aparece
como más “progresista”, presenta estas consecuencias como algo objetivo
(la obsolescencia de un mecanismo que ha llegado a su término), tan
independiente de nosotros como las catástrofes naturales o tan fortuito
como los accidentes aéreos. Pero, sin intentar minimizar las
diferencias, lo cierto es que las dos suposiciones vienen a diluir en la
niebla (en la niebla de la culpa colectiva la una, y en la del
fatalismo histórico-generacional la otra) la evidencia de que cosas
tales como las que hoy nos pasan, a diferencia de las inundaciones o los
fallos técnicos, son el resultado de ciertas acciones de ciertos
hombres cuya silueta se difumina en el anonimato, dando así pábulo a la
creciente sensación paranoide —siempre tan del gusto del público— de un
“Gobierno mundial en la sombra”. Exactamente como sucede con la no menos
cacareada “crisis del Estado-nación” (que forma parte del paquete cuyo
ciclo estaría tocando a su fin), cabe preguntarse, como no hace mucho
hacía un columnista de este periódico, si lo que quiere presentarse como
un “hecho histórico” ineludible no será más bien un programa deliberado
y cargado de intenciones.
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