Samuel García / 24 Horas El Diario sin Límites
El mundo vive, desde hace casi cuatro años, una de las mayores
convulsiones económicas y financieras de las que se tenga memoria. Como
se puede advertir, no se trata de una crisis coyuntural contenida por
las fronteras regionales, como tantas otras que han estallado en las
últimas tres décadas por todo el globo desde Rusia hasta Argentina,
pasando por México.
Ahora las economías están inmersas en la depresión de un ciclo largo
que afecta principalmente a las economías desarrolladas e
inevitablemente lo hará, con mayor o menor fuerza, con aquellas llamadas
emergentes.
El terremoto económico que aún perdura, ha cimbrado las bases
estructurales del viejo orden financiero surgido en la posguerra, ha
alterado las bases sobre las que se concebía el éxito económico de un
sinnúmero de naciones, y ha redefinido los liderazgos económicos y
políticos globales. Esta sacudida ocurre en momentos en que la
globalización de los mercados, el cambio climático y la “primavera”
política en el mundo árabe, surte efectos duraderos, y aún desconocidos,
sobre la oferta mundial de alimentos y de energía, dos de los ítems
estratégicos más preocupantes hacia el futuro de las naciones.
Se abre así una etapa de redefinición y de una natural incertidumbre
con ganadores y perdedores como la historia lo ha enseñado tantas veces.
México no estará exento de estas redefiniciones económicas globales.
La crisis asomará al igual que las oportunidades de posicionamiento
competitivo, regional y global, para el comercio y la inversión,
esperando sólo que los políticos y los gobernantes en turno decidan, por
fin, asomar la cabeza y ver lo que ocurre fuera de su aldea particular.
Por lo visto, los asuntos de la economía ocuparán no sólo la agenda
de los líderes mundiales y locales en los próximos años, sino también la
del ciudadano común y corriente, la del olvidado consumidor de nuestras
latitudes, que será protagonista -y quizá víctima- de estas historias
por venir.
A todo esto es imperativo preguntarse si nuestra prensa especializada
en asuntos económicos está medianamente preparada para afrontar el reto
que le imponen los ciudadanos y el mercado de lectores, máxime cuando
en el país aún abundan los procesos inacabados de acceso a los mercados,
de perversas concentraciones, de escasa democratización de la
información económica y de una incipiente cultura empresarial basada en
la meritocracia.
Junto con estos retos, ha crecido la exigencia de un mercado
multimedia de lectores jóvenes, profesionistas, críticos, de una amplia
clase media, cuyas demandas socio-políticas ya no se conforman con lo
establecido y que buscan información económica que dé respuestas a sus
inquietudes.
Sin embargo, nuestra prensa especializada parece no haber
evolucionado en el mismo sentido, ni acorde al momento histórico de
cambio en el que se encuentra inmerso el mundo. Los escasos tirajes así
lo muestran.
Este nuevo mercado de lectores reclama prospectiva, utilidad,
profundidad y entendimiento de los contenidos que nuestros medios
especializados no ofrecen, por lo menos no a cabalidad. Y es que para
satisfacer esa demanda se requiere una mayor profesionalización de
quienes planean, seleccionan, entienden, confeccionan y empaquetan esos
contenidos.
Tradicionalmente se ha dicho que el problema de la prensa
especializada es que no hay un mercado de lectores suficiente. Difiero
completamente. En México y en estos tiempos, más que nunca, eso es una
gran mentira.
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