¿Quién gobierna el Estado, los mercados o sus representantes
democráticamente elegidos?
Europa debe regular los mercados
para que funcionen con más eficiencia y menos opacidad
El PSOE debe reflexionar si no
quiere convertirse en una tercera fuerza política como el PASOK y dejar de ser
una alternativa creíble y relevante para la sociedad española.
Miguel Ángel Moratinos / El País
La frase
atribuida a Bill Clinton: “¡es la economía, estúpido!”, pudo ser una
premonición o una ironía de las que nos brinda y fija la esfera mediática
internacional. Han pasado varias décadas de la famosa afirmación electoral y,
en estos momentos, estamos sumergidos en la crisis más grave que ha afectado a
la comunidad internacional desde la Gran Depresión.
Ya han
pasado casi cuatro años del desplome de las torres financieras de Lehman
Brothers y hoy estamos en un momento político amenazado por la zozobra
angustiosa de la tiranía de las Bolsas, la crisis de la deuda soberana, el
diferencial del bono alemán…, las estimaciones y declaraciones del G-8, el
G-20, el FMI, el BM, la OCDE, la Eurozona y los Consejos Europeos que, en no
pocas ocasiones, adoptan decisiones contradictorias procedentes de las
autoridades económicas y financieras. Sin embargo, las soluciones últimas nos
defraudan y empobrecen, mientras que los más pesimistas augurios se ciernen
sobre el futuro y la crisis se ha instalado como método de gobierno.
En toda
esta crisis, compleja y diferente, parece que la clase política se ha quedado
paralizada y no ha ejercido su capacidad de prever, influir y regular los
acontecimientos. Su respuesta ha sido unívoca: “¡calmar a los mercados!”. Todas
las decisiones, muchas de ellas difíciles desde el punto de vista político y
social, se han hecho y se hacen con la esperanza de que los mercados terminen
por tranquilizarse y apaciguarse en su rutina. Mantener esta actitud en una
primera fase podría ser comprensible, aunque estos últimos meses han demostrado
que esa disposición no es solo errónea sino contraproducente. En lugar de
calmar a los mercados se ha incrementado su voracidad que como el Pantagruel de
Rabelais engulle insaciablemente cualquier iniciativa, exigiendo más dietas
hipocalóricas a la ciudadanía, a las instituciones y a los servicios de los
Estados. Del otro lado, las instituciones financieras hacen acopio de reservas
y siguen una dieta hipercalórica con ayudas públicas que endeudarán y
marginarán a generaciones de griegos, portugueses, irlandeses, españoles e
italianos. Y todo ello, con los flujos de crédito bloqueados.
Es llamativo apreciar que jefes de Estado y de
Gobierno, ministros, y casi la totalidad de los estamentos políticos y
económicos occidentales compartan solo la angustia de observar cómo evolucionan
esos mercados, mientras se preguntan si son capaces de prever cómo los tratarán
la próxima semana. Asisten impotentes a la mano invisible, que no es tan
invisible, que decide sobre la economía real de forma rápida, imprevisible y
antidemocrática. Ese es su poder; un poder que en milésimas de segundo puede
hacer variar la credibilidad y la sostenibilidad de todo un sistema político,
social y económico que ha tardado meses, años y décadas en configurarse con sangre,
sudor y lágrimas de millones de ciudadanos, que han decidido un modelo de
convivencia democrática.
Desde el
otoño de 2008 la conocida frase de Clinton “¡es la economía, estúpido!” ha dado
paso a otra: “¡todo es economía, estúpido!”, aunque lo que realmente está en
peligro no es la economía sino la política. La solución pasa por reivindicar la
política y ahora deberíamos gritar alto y fuerte: “¡es la política, estúpido!”.
Nadie duda de que algunas recomendaciones y actuaciones había que aplicarlas. Y
pocos podrán criticar el principio de estabilidad presupuestaria, pero siempre
y cuando este lleve a buen término la política promovida por los Gobiernos. De
qué servirá haber cumplido a rajatabla las recetas neoliberales impuestas si
cuando superemos los efectos paliativos de la convalecencia nuestra anorexia
política y social nos impedirá levantarnos y caminar.
Desde la
década de los años noventa hasta 2008 los responsables financieros
establecieron prácticas opacas sin ninguna legitimidad democrática en Wall
Street y en el Comité de Basilea (riesgo de crédito, riesgo de mercado y
operacional, modificación de los ratios de capital y de BIS de la banca). Se
inventaron nuevos instrumentos y productos especulativos que han construido
decisiones económicas que sobrepasan, en último término, a la acción política.
Todo ello hay que revisarlo, porque estamos en una guerra desigual que debe
ganar la política desde la legitimidad, la responsabilidad y la transparencia.
El PSOE debe reflexionar si no quiere convertirse
en una tercera fuerza política como el PASOK y dejar de ser una alternativa
creíble y relevante para la sociedad española.
Las
autoridades europeas deben disponer de un arsenal de medidas para regular los
mercados y que estos funcionen con más eficiencia y menos opacidad, al tiempo
que debemos potenciar los mecanismos de gobernanza global y adoptar medidas
para compartimentar la actividad financiera, separando la banca comercial de la
de inversión.
Nadie con
sentido común cuestiona el sistema de mercado, pero cualquier ciudadano lúcido
se puede preguntar hoy quién gobierna su Estado, los mercados o sus
representantes democráticamente elegidos. Es ahí donde la política con
mayúscula tiene que responder y ofrecer soluciones. Es ahora cuando los
ciudadanos tenemos que constatar que todos los políticos y todas las políticas
no son iguales. Una cosa es corregir las deficiencias de los mercados y, otra
bien distinta, que la política abdique de sus responsabilidades y capacidad de
influencia en mercados que no funcionan o van en contra de los intereses
últimos de la ciudadanía. Este es un reto político cuyo enfoque
diferencia a progresistas, de liberales y conservadores.
En este
sentido, observo con preocupación que una gran mayoría de la ciudadanía europea
y española no hace distinciones político-ideológicas entre las distintas
formaciones políticas. Y, permítanme, no es lo mismo; no es lo mismo la
socialdemocracia de François Hollande que el conservadurismo liberal de Merkel,
Cameron y Monti.
Sí, es el
tiempo de la política, pero de una política global, regional, estatal y local
más audaz y más eficaz. En este sentido, el PSOE debe reflexionar con celeridad
y rigor en estos momentos si no queremos vernos abocados a convertirnos en una
tercera fuerza política como el PASOK y dejar de ser una alternativa creíble y
relevante para la sociedad española.
Miguel
Ángel Moratinos es
exministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario