Los bancos españoles sí que necesitaban un rescate.
España estaba claramente al borde de un “bucle de desgracias”
Paul Krugman / El País
Vaya,
otro rescate bancario, esta vez en España. ¿Quién lo habría imaginado?
La
respuesta, por supuesto, es que todo el mundo. De hecho, toda esta historia
empieza a parecerse a un manido número de comedia: una vez más la economía se
hunde, el paro se dispara, los bancos tienen problemas, los Gobiernos se
apresuran a acudir al rescate; pero, por alguna razón, se rescata solo a los
bancos, no a los parados.
Para
dejar las cosas claras, los bancos españoles sí que necesitaban un rescate.
España estaba claramente al borde de un bucle de desgracias; un proceso
bien conocido en el que la preocupación por la solvencia de los bancos obliga a
los bancos a vender activos, lo cual empuja a la baja el precio de dichos
activos, lo cual hace que la gente se preocupe aún más por la solvencia. Los
Gobiernos pueden poner fin a esos círculos viciosos con una inyección de
capital; en este caso, sin embargo, la propia solvencia del Gobierno de España
estaba en duda, de modo que el capital tenía que venir de un fondo europeo más
grande.
Así que
no hay nada necesariamente malo en este último rescate (aunque muchas cosas
dependen de los detalles). Lo que llama la atención, sin embargo, es que al
mismo tiempo que los dirigentes europeos acordaban este rescate, estaban
enviando señales claras de que no tienen intención de cambiar las políticas que
han dejado sin trabajo a casi una cuarta parte de los trabajadores españoles (y
a más de la mitad de los jóvenes).
Y lo más
curioso: la semana pasada, el Banco Central
Europeo se negaba a bajar los tipos de interés. Todo el mundo se esperaba esta
decisión, pero eso no debería impedirnos ver el hecho de que es algo
tremendamente extraño. El paro se ha
disparado en la eurozona y todo indica que el continente se encamina hacia una nueva recesión.
Mientras tanto, la inflación se ralentiza y las expectativas del mercado en
cuanto a la inflación futura se han hundido. De acuerdo con cualquiera de las
normas habituales de la política monetaria, la situación exige una rebaja
drástica de los tipos de interés. Pero el banco central se niega.
Y eso ni
siquiera tiene en cuenta el riesgo cada vez mayor de un colapso del euro.
Durante años, a España y a otros países europeos con problemas se les ha dicho
que solo pueden recuperarse mediante una combinación de austeridad fiscal y
“devaluación interna”, lo que esencialmente significa rebajar los salarios.
Ahora está absolutamente claro que esta estrategia no puede funcionar a menos
que haya un crecimiento sólido y, sí, un grado moderado de inflación en el
“núcleo” europeo, principalmente en Alemania (lo que da otra razón más para
mantener bajos los tipos de interés e imprimir montones de billetes). Pero el
banco central se niega.
Mientras
tanto, los funcionarios de alto rango afirman que la austeridad y la
devaluación interna realmente funcionarían simplemente con que la gente creyese
de verdad en su necesidad.
Fíjense, por ejemplo, en lo que Jörg Asmussen, el
representante alemán en la junta directiva del Banco Central Europeo, acaba de
decir en Letonia, que se ha convertido en el ejemplo perfecto de la austeridad
supuestamente exitosa. (Antes lo era Irlanda, pero la economía irlandesa sigue
negándose a recuperarse). “La diferencia esencial entre, por ejemplo, Letonia y
Grecia”, decía Asmussen, "radica en el grado de apropiación nacional del
programa de ajuste, no solo por parte de los responsables políticos, sino
también de la propia población”.
Podríamos
llamarlo el planteamiento de Darth Vader de la política económica; a todos los
efectos, Asmussen está diciéndoles a los griegos: “Vuestra falta de fe me
parece preocupante”.
Ah, y ese
éxito letón consiste en un año de crecimiento bastante bueno después de un
declive económico con categoría de depresión a lo largo de los tres años
anteriores. Es verdad que un crecimiento del 5,5% es mucho mejor que nada. Pero
merece la pena señalar que la economía de Estados Unidos creció casi el doble
(¡el 10,9%!) en 1934, cuando salía de la peor fase de la Gran Depresión. Pero
la depresión distaba mucho de haber terminado.
Junten
todo esto y tendrán una imagen de una élite política europea siempre dispuesta
a entrar en acción para defender a los bancos pero, por lo demás, absolutamente
reacia a admitir que sus políticas están fallando a las personas a las que se
supone debe servir la economía.
Y
nosotros, ¿estamos mucho mejor? La perspectiva a corto plazo de Estados Unidos
no es tan sombría como la de Europa, pero los pronósticos de la propia Reserva
Federal apuntan a una inflación baja y un paro muy alto en los próximos años
(precisamente las circunstancias en las que la Reserva debería estar entrando
en acción para estimular la economía). Pero la Reserva Federal se niega.
¿Qué
explica esta parálisis transatlántica frente a un continuo desastre humano y
económico? Sin duda la política forma parte de la explicación; digan lo que
digan, las autoridades de la Reserva Federal se sienten claramente intimidadas
por las advertencias de que toda política expansiva será vista como si la
Reserva acudiese al rescate del presidente Obama. De modo que también se trata
de una mentalidad que ve el sufrimiento económico como una redención,
mentalidad que un periodista británico apodó en cierta ocasión
“sadomonetarismo”.
Independientemente
de cuáles sean las raíces profundas de esta parálisis, está quedando cada vez
más claro que hará falta una catástrofe sin paliativos para que haya alguna
acción política real que vaya más allá de los rescates bancarios. Pero no
desesperen: al paso al que van las cosas, especialmente en Europa, la catástrofe
sin paliativos podría estar a la vuelta de la esquina.
Paul
Krugman es
profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel 2008.
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