Guillermo Ortiz
Mi amigo Paco Gil, con quien
mantengo una (casi siempre) cordial conversación desde hace más de tres décadas
sobre temas económicos, ha hecho recientemente referencia en estas páginas a un
artículo mío publicado en el periódico británico Financial Times (4 de marzo),
que trataba de las implicaciones de la presencia mayoritaria en el país de la
banca extranjera en el contexto internacional actual. Lo que me extrañó es que
se tardó 2 meses y medio en procesar un artículo de menos de 1000 palabras; lo
que no me sorprendió es que lo publicó a raíz de la convención bancaria.
Él y yo venimos sosteniendo desde
hace tiempo posiciones encontradas sobre este tema. Ambos creemos en los
beneficios de la inversión extranjera en México, pero a mí -a diferencia de
Paco- siempre me han preocupado algunas distorsiones de la presencia abrumadora
de la banca extranjera en el país, casi único a nivel mundial. Como Secretario
de Hacienda, Paco fue el artífice de la estructura actual del sistema bancario
mexicano (quizá por eso le gustó tanto mi artículo), pues durante su gestión
cuatro bancos extranjeros (BBVA, Citi, HSBC y Scotiabank) adquirieron el
control de grandes bancos mexicanos. Ya en el sector privado, Paco es hoy
consejero de BBVA-Bancomer y capitán en México de Telefónica (en donde BBVA
tiene una importante participación accionaria). Por mi parte, como gobernador
del Banco de México, siempre expresé, en privado y en público, la conveniencia
de adoptar una regulación bancaria acorde con las características de nuestro sistema
y, en particular, de que las filiales mexicanas de la banca extranjera
cotizaran en la Bolsa de Valores, por razones de transparencia, supervisión y
gobernanza. Como Presidente de Banorte-Ixe, sigo pensando lo mismo. Mi
responsabilidad actual es fortalecer al Banco y contribuir a que la Banca apoye
más el desarrollo del país. Desde esa perspectiva, no me interesa contestar
punto por punto el artículo de Paco Gil -abundante en adjetivos y corto en
argumentos-, sino aprovechar su vehemente irrupción en este debate para aclarar
mi posición.
Mis recientes reflexiones públicas
en torno al sistema bancario mexicano se inscribe en el marco del trabajo
realizado por el Task Force del B20 en materia de Financiamiento al Desarrollo
y Crecimiento Económico, que tengo el privilegio de co-presidir. Este foro, en
el que participan algunos de los bancos más importantes del mundo, ha
reconocido la necesidad de diferenciar a los bancos de países emergentes
respecto a los de países desarrollados. Los primeros se encuentran en etapa de
crecimiento y necesitan capital para sostener su desarrollo. En contraste, los
bancos en países desarrollados están en proceso de desapalancamiento, lo cual
está limitando el crecimiento de sus subsidiarias en países emergentes.
Cuando los bancos internacionales
comenzaron a tener una participación importante en los bancos de economías
emergentes, se pensaba que las subsidiarias tendrían acceso al capital y
liquidez de las matrices. A su vez, esto generaría mayor solidez, eficiencia y
competitividad en el sector. En gran medida esos pronósticos se cumplieron
inicialmente en el caso de México. La banca extranjera le trajo al país
importantes recursos en tiempos difíciles y favoreció un incremento de
confianza en el exterior; en algunos casos, destacadamente en BBVA-Bancomer, se
crearon fuertes sinergias entre el conocimiento del mercado local por parte de
la subsidiaria con las plataformas tecnológicas y el manejo de riesgos de la
matriz. Pero hoy observamos una situación diferente. La crisis del 2007-2009 ha
puesto el mundo al revés: países desarrollados fuertes, ahora son débiles;
economías emergentes antes frágiles, ahora tienen estabilidad; las matrices de
bancos, antes el soporte de las subsidiarias, ahora se capitalizan por medio de
éstas. Resulta paradójico que los que antes promovían los beneficios del flujo
de capital a México, ahora defienden la salida de capital a bancos extranjeros.
Todos los estudiosos del tema
coinciden en que la penetración bancaria en México está considerablemente por
debajo de lo que es en países de desarrollo semejante (14 por ciento en México
contra, por ejemplo, 43 por ciento en Brasil, 66 por ciento en Chile y 28 por
ciento en Colombia). Ello muestra con claridad que la banca mexicana no está
cumpliendo a cabalidad con su deber de apoyar el desarrollo del país.
Ciertamente, mayor capital no genera de manera automática mayor crédito -y,
menos aún, mayor crédito de calidad. Sin embargo, desde finales de los 90s, una
parte importante del crédito ha fluido a través de intermediarios no bancarios
(Sofoles, Cajas de Ahorro, Microfinancieras, de las cuales existen alrededor de
mil en el país): por lo tanto, existe una amplia demanda que está siendo
cubierta por otros intermediarios a costos financieros muy altos en comparación
con los productos bancarios. Los bancos no están usando su capital
extensivamente para satisfacer las oportunidades de bancarización existentes.
En años recientes, el pago de
dividendos de las subsidiarias mexicanas de los bancos extranjeros ha sido por
lo general muy superior a los estándares de la industria. Existe el riesgo de
que este fenómeno se agrave en el futuro previsible, sobre todo en el caso de
los bancos españoles. Si la mayoría de la banca no estuviera controlada por
capital extranjero y respondiera a una misma lógica, sería más fácil para la
banca de capital nacional llenar el hueco creado por su retracción; pero no es
el caso. El pago de dividendos tiene un impacto directo en el capital básico de
las instituciones, cuya cantidad y calidad son necesarias para sostener la
expansión del crédito. Puede existir la tentación, como ya ha ocurrido, de
compensar el efecto sobre el capital de la repatriación de dividendos con la
emisión de obligaciones, situación a todas luces inconveniente. Si la calidad
de ambas opciones (utilidades retenidas vs. obligaciones subordinadas) fuera la
misma, ¿por qué no disminuir el pago de dividendos y emitir deuda subordinada
en la matriz y en sus mercados de origen?
No existe a nivel internacional claridad, y aún menos consenso, sobre cómo regular las subsidiarias nacionales de la banca extranjera. En un inicio, el centro del debate entre reguladores era definir hasta dónde debe llegar la responsabilidad de la matriz en caso de falta de capital y/o liquidez de la subsidiaria: aunque no haya obligación legal en el país de la subsidiaria, difícilmente el regulador de la matriz puede considerar como nula la obligación contingente. (Por ejemplo, en un caso extremo, el gobierno griego no otorga actualmente a Emporiki, subsidiaria del banco francés Crédit Agricole, acceso a la ventanilla de liquidez que tienen los bancos de capital mayoritario nacional, lo que ha llevado a la matriz a inyectar 5 mil millones de euros en una subsidiaria que compró por 2 mil 200.) Pero con la crisis post-2008, el centro del debate se ha desplazado: hasta dónde los supervisores de la subsidiaria deben controlar las transferencias de recursos hacia la matriz. En México, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores ya reconoció que este es un tema central y emitió en 2011 una modificación a las disposiciones aplicables a las instituciones de crédito en lo referente a los requerimientos de capital que empieza a regular -de manera tímida, a mi juicio- las transferencias entre subsidiarias y matrices, las cuales deben de ser reconocidas en el propio capital de la subsidiaria. De forma más precisa, se discute actualmente la conveniencia de que sólo los bancos listados en la Bolsa de Valores puedan considerar obligaciones subordinadas como parte de su capital regulatorio: me parece que es un incentivo correcto.
No existe a nivel internacional claridad, y aún menos consenso, sobre cómo regular las subsidiarias nacionales de la banca extranjera. En un inicio, el centro del debate entre reguladores era definir hasta dónde debe llegar la responsabilidad de la matriz en caso de falta de capital y/o liquidez de la subsidiaria: aunque no haya obligación legal en el país de la subsidiaria, difícilmente el regulador de la matriz puede considerar como nula la obligación contingente. (Por ejemplo, en un caso extremo, el gobierno griego no otorga actualmente a Emporiki, subsidiaria del banco francés Crédit Agricole, acceso a la ventanilla de liquidez que tienen los bancos de capital mayoritario nacional, lo que ha llevado a la matriz a inyectar 5 mil millones de euros en una subsidiaria que compró por 2 mil 200.) Pero con la crisis post-2008, el centro del debate se ha desplazado: hasta dónde los supervisores de la subsidiaria deben controlar las transferencias de recursos hacia la matriz. En México, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores ya reconoció que este es un tema central y emitió en 2011 una modificación a las disposiciones aplicables a las instituciones de crédito en lo referente a los requerimientos de capital que empieza a regular -de manera tímida, a mi juicio- las transferencias entre subsidiarias y matrices, las cuales deben de ser reconocidas en el propio capital de la subsidiaria. De forma más precisa, se discute actualmente la conveniencia de que sólo los bancos listados en la Bolsa de Valores puedan considerar obligaciones subordinadas como parte de su capital regulatorio: me parece que es un incentivo correcto.
Hay que señalar que reformar un
sector financiero no implica una sobrerreglamentación del mismo, ni desmotiva
en automático la entrada de capital del exterior. Una reglamentación bien
diseñada, que incentive a los bancos extranjeros a reinvertir en el país,
impulsará el crecimiento y generará mayor atracción de capitales. Por otro
lado, los efectos de contagio sobre la banca mexicana observados durante la
crisis de 2007-2009 se originaron porque los inversionistas no pueden invertir
en filiales e invierten en una sola acción global. Colocar las filiales de los
bancos extranjeros en la Bolsa no sólo daría profundidad al mercado de valores,
sino contribuiría a una mayor transparencia y una mejor supervisión. Claramente
no propongo abolir el pago de dividendos a matrices por parte de subsidiarias,
ni incluso limitarlo a un porcentaje específico. Pero creo conveniente estudiar
fórmulas que permitan balancear mejor un crecimiento acelerado de la cartera
crediticia de las instituciones bancarias, el capital adicional requerido para
enfrentar periodos de mayor riesgo, y un flujo de dividendos a los accionistas
dentro de los estándares internacionales para esta industria. Los temas
analizados son de gran importancia para nuestro país en la coyuntura actual.
Deben discutirse con argumentos fundamentados y despersonalizados.
El autor es presidente del Consejo de Administración del Grupo Financiero
Banorte. Fue Secretario de Hacienda y Gobernador del Banco de México.
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