viernes, 15 de junio de 2012

EL PRI Y EL MOVIMIENTO #YOSOY132

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José Fernández Santillan / El Universal
Aparte del rechazo a la figura de Enrique Peña Nieto, el movimiento estudiantil en curso tiene otro blanco polémico: el PRI. Los estribillos que se corean en las manifestaciones van desde “si hay imposición habrá revolución” hasta “no más PRI”. Todo lo que recuerde al tricolor es motivo de escarnio y ataque. Esta explosión anímica, en efecto, no ha quedado, simplemente, en burla al oponente; ha tocado, en algunos casos, la violencia verbal y física. Ejemplo de lo primero es aquella cartulina que se alzó en la Estela de Luz: “Mario Aburto, ¿en dónde estás cuando México realmente te necesita?”. Ejemplo de lo segundo son los zafarranchos registrados en diversas localidades del país; la más reciente en Tepeaca, Puebla. Preocupa que las pasiones rebasen los límites de la convivencia civilizada.
Hicieron bien, por tanto, el M-132 y Andrés Manuel López Obrador en deslindarse de estas expresiones de encono. De igual manera hizo bien el presidente del IFE, Leonardo Valdés, en hacer un llamado a los partidos, sus militantes y simpatizantes para que se conduzcan por la vía pacífica. Y es cierto, la fuerza de los universitarios radica en la razón, no en el odio ni la intransigencia.
Vamos usando, pues, las neuronas: se ha echado a andar la especie de que si el PRI gana sobrevendría la restauración autoritaria. Pero la evidencia muestra otra cosa: el punto de quiebre del viejo sistema y el nacimiento del pluralismo se registró con la reforma política de 1977 promovida por Jesús Reyes Heroles. Con ella, varios partidos de izquierda y el PDM (sinarquista) pudieron ingresar a la vida institucional del país. Ya no hubo retorno: paulatinamente la competencia electoral se fue haciendo más pareja hasta que, en 2000, el PRI fue castigado por los electores y se dio la alternancia.
Casos más o menos similares han ocurrido en otras partes del mundo: partidos antiguamente hegemónicos han dado lugar a sistemas competitivos. En la India el Partido del Congreso tomó el mando en 1947 una vez obtenida la independencia. Se mantuvo allí, sin interrupción, hasta 1977 cuando fue sustituido por el Partido del Pueblo (Barathiya Janatha Party). De entonces a la fecha el Partido del Congreso ha entrado y salido del poder en tres ocasiones sin que la democracia india se haya visto afectada.
De manera semejante, podemos llamar en causa al Partido Nacionalista de Taiwán (Kuomintang) que mantuvo el poder, autoritariamente, desde la segunda mitad de los años 40 hasta mediados de los 70. A la muerte del dictador Chiang Kai-shek, en 1975, se aceleraron las reformas democráticas. En 2000 esa agrupación fue sustituida por el Partido Progresista Democrático, liderado por Chen Shui-bian, este partido se mantuvo en el poder hasta 2008. Hoy ese país es gobernado de nuevo por el Kuomintang encabezado por Ma Ying-Jeou. Nadie piensa que eso significó un retroceso.
Hay otros ejemplos de partidos hegemónicos que han cedido y regresado al poder sin alterar las instituciones públicas: Japón y España son emblemáticos. Lo propio de las democracias es la rotación en los puestos públicos. Las alternancias van y vienen. Me parece que el miedo a que el PRI regrese es más un recurso estratégico del PAN y de las izquierdas que una real amenaza. Sea como fuere, hay que extender la mirada más allá del primero de julio. En el supuesto de que el PRI se alce con el triunfo, incluso si se lleva el carro completo, deberá haber una negociación: no le va a alcanzar para hacer reformas constitucionales en solitario. Allí es donde la izquierda puede forzar el abandono del neoliberalismo. De igual manera la izquierda, en la formación de consensos, tendría la oportunidad de impulsar la reforma de Estado y las reformas sociales que tanta falta le hacen al país.
La gran incógnita es ¿qué va a hacer el M-132 después del primero de julio? ¿La revolución o las reformas?

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