Es posible que la estrategia de España
de negarse por principio a recurrir al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera
no sea la mejor opción. Lo más urgente es recapitalizarse para garantizar la
solvencia bancaria
Guillermo Ortiz / El País
El pasado 25 de mayo, el Gobierno español anunció la
capitalización de Bankia por 19.000 millones de euros, nacionalizando de hecho
la institución a solo 10 meses de su salida a Bolsa. Posteriormente, se desató
una controversia con el Banco Central Europeo (BCE) acerca del método de
capitalización que alarmó a los mercados financieros. Este evento es
sintomático del manejo que España ha dado a la crisis bancaria provocada por el
boom crediticio en los años previos a la crisis.
La estrategia inicial para afrontar la crisis por
parte de las autoridades españolas fue minimizar el problema (…aquí no pasa
nada, todo está bajo control…), apostando que el tiempo jugaría a su favor y
que el problema podría resolverse con la deseada recuperación económica. Lo
cierto es que, en una crisis financiera, el tiempo casi siempre juega en
contra. Por ello las autoridades españolas han realizado ya cuatro intentos
para establecer cuál es el monto de reservas que necesita la banca para
afrontar los quebrantos derivados no solo del portafolio de bienes raíces, sino
también del deterioro crediticio general que se ha dado (y se seguirá dando)
como producto de la recesión y el desempleo. Además se ha anunciado la
contratación de asesores externos para darle credibilidad al último ejercicio
de evaluación.
En una crisis financiera, el objetivo central es evitar
que un problema de percepción se convierta en un problema de liquidez y este, a
su vez, en un problema de solvencia. Para ello, es esencial recobrar la
confianza de los inversionistas; como es sabido, esta se pierde con facilidad
pero se recupera con lentitud. Es necesario reconocer desde un inicio la
dimensión del problema en un contexto de supuestos realistas —e incluso
pesimistas— y diseñar un programa que esté excedido tanto en las medidas de
ajuste como en el financiamiento disponible (overshooting). Ciertamente,
este enfoque no ha sido el aplicado por España en el tratamiento de su crisis
bancaria.
La crisis mexicana de 1994-1996 ilustra bien la
importancia de recuperar la credibilidad. En los años que precedieron a la
crisis, el país recibió un flujo importante de capital impulsado por las buenas
perspectivas económicas. El impulso de importantes reformas estructurales
después de la crisis de 1982 había dado resultados y el país se había vuelto un
destino muy atractivo para inversionistas extranjeros. Esto, aunado a la
liberalización del sistema financiero a partir de 1988, condujo a niveles de
apalancamiento privado sumamente elevados. Para 1993, la entrada de capitales
ascendía a 30.000 millones de dólares y el déficit de la cuenta corriente
alcanzaba cerca de 8% del PIB (aun con un superávit primario de las cuentas
públicas de alrededor de 2% del PIB).
Durante este proceso se generaron serias
vulnerabilidades que resultaron evidentes solo a posteriori. Cuando una
mezcla de factores económicos y políticos ocasionó que el panorama nacional se
tornara incierto, el sentimiento de los inversionistas cambió rápidamente. Las
fuertes salidas de capital que experimentó el país ocasionaron una grave crisis
financiera. Pero el actuar rápido logró evitar un incumplimiento de pago que
hubiera incrementado los costos de la crisis. El Gobierno obtuvo préstamos por
parte de Estados Unidos, el FMI y otras organizaciones internacionales. Al
mismo tiempo, ejecutó un estricto plan de consolidación fiscal. El costo de
esta estrategia fue muy elevado, con una contracción del PIB de 6,2% durante
1995. Pero al final resultó exitosa: la resolución mostrada y la efectividad de
las reformas permitieron a México volver a financiarse en los mercados
internacionales en menos de un año. Y la recuperación económica fue sumamente
fuerte, apoyada por un boom de las exportaciones tras la entrada en
vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y una fuerte
depreciación del peso. A finales de 1997 el PIB ya registraba un nivel
sustancialmente superior al observado previo a la crisis.
Hacia mediados de 1995, en el momento más agudo de la
crisis (siendo yo secretario de Hacienda), Gerald Corrigan, expresidente de la
Reserva Federal de Nueva York, me preguntó cuál era mi peor escenario en cuanto
al costo fiscal de la crisis bancaria. Le dije que alrededor del 9% del
producto. Él respondió: “Multiplícalo por dos: esto es lo que les va a costar
la crisis”. Resultó certera su predicción: el rescate costó alrededor de 18%
del PIB, en una situación en que el financiamiento bancario total al sector
privado era aproximadamente del 40% del PIB (porcentaje similar al solo peso en
el PIB español del crédito bancario a la construcción y promoción
inmobiliaria). En mi experiencia, la regla Corrigan se ha cumplido en un
número importante de crisis financieras. Aunque pueda parecer desesperante para
la autoridad e incomprensible para la ciudadanía, las pérdidas bancarias por su
naturaleza suelen ir “aflorando” sobre la marcha.
Las últimas reformas impulsadas por el Gobierno
español —acuerdo entre comunidades autónomas y Gobierno central para mejorar la
transparencia en materia de finanzas públicas, reducción del gasto público,
esfuerzos por eliminar las rigideces en el mercado laboral— van por buen
camino. Sin embargo, no han sido suficientes para convencer a los
inversionistas. Poco caso tiene lamentarse de la incomprensión de los mercados;
ni censurar su esquizofrenia, cuando un día se preocupan por el riesgo de un
nuevo desvío del déficit y, al día siguiente, por la falta de crecimiento
económico causada por las medidas destinadas a evitar ese mismo desvío.
Poco le ayuda tampoco a España discusiones sin fin
dentro de la eurozona acerca de cómo impulsar el crecimiento y el empleo con
alivios temporales. Esta discusión está basada en un falso dilema entre
austeridad y crecimiento. Aquellas economías que enfrentan crisis financieras
deben ejecutar los ajustes necesarios para retomar el crecimiento en el mediano
plazo: no tienen otra opción. Ello tiene un impacto inevitable sobre la
actividad económica, pero el costo acumulado de los ajustes requeridos será
menor si se llevan a cabo con mayor claridad, decisión y rapidez. Por otro
lado, los Gobiernos que aún cuentan con espacio de estímulo interno —es decir,
fundamentalmente Alemania— deben emplearlo para revertir su desaceleración y
crear un entorno más favorable al ajuste de los países periféricos. Si los
países que pertenecen a la unión monetaria desean mantener su moneda común,
deberán realizar los ajustes necesarios para redirigir el bloque económico en
una trayectoria de crecimiento sostenible.
Que España se niegue por principio a recurrir al Fondo
Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF) para recapitalizar su banca puede no
resultar la mejor estrategia para alejar el espectro de una intervención
exterior abierta de sus cuentas públicas. La incertidumbre relativa al apoyo
público requerido para garantizar la solvencia bancaria seguirá pesando de
manera duradera sobre el ánimo de los mercados. Romper la interacción perversa
entre riesgo soberano y riesgo bancario no se logrará con declaraciones
políticas ni con intervenciones del BCE ni añadiendo a la deuda pública el
costo del rescate bancario. Lo que se requiere es un mecanismo eficiente de
capitalización a nivel europeo que apoye a los bancos directamente en el corto
plazo, aunque a mediano plazo el costo fiscal de las posibles pérdidas sea
absorbido por los Estados nacionales. Siendo realista, no es posible esperar
que Europa diseñe hoy un esquema de mutualización de las pérdidas: intentar
crear una “unión bancaria” antes de una unión fiscal sería, otra vez, como
iniciar por la azotea la construcción de la casa común por ello, aparentemente
Alemania ha ofrecido a España un programa con condicionalidad light,
pero que no logra activar el cortafuegos entre deuda soberana y deuda bancaria.
Sin embargo el fisco español puede garantizar el costo final de la resolución
bancaria —en un horizonte del orden de cinco a diez años— sin que tenga que
fondear las aportaciones requeridas desde un inicio. Este esquema pondría bajo
tutela de Bruselas ciertas instituciones financieras, pero la gestión directa
de la resolución seguiría siendo responsabilidad de Madrid —puesto que España
absorbería el eventual costo fiscal—.
Con gran parte de los deberes cumplidos, España tiene
autoridad moral para negociar con sus socios europeos —como México la tuvo en
su momento con Estados Unidos—. Solo acciones decididas que demuestren el
compromiso con la eurozona por parte de todos los Gobiernos podrán recuperar la
confianza de los mercados y evitar la ruptura de la unión monetaria.
Guillermo Ortiz es presidente del Grupo Financiero Banorte. Fue
gobernador del Banco de México y secretario de Hacienda y Crédito Público de
México.
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