Francisco Valdés Ugalde / El Universal
Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) sede México
Decía Hegel que “el Búho de Minerva aparece en el ocaso”. Se refería a una observación desprendida de su filosofía de la historia aplicada al derecho: las grandes razones filosóficas de lo humano surgen siempre demasiado tarde, al final de una época, cuando la historia se asienta y se distingue el estruendo de sus causas, el polvo del barro edificado. Cuando un orden se vuelve inteligible y sus actores pueden recurrir a las explicaciones que han construido como propias de ese orden que se hace identidad.
Al concluir el ciclo iniciado en 1914 con el atentado de Sarajevo, en el que La Mano Negra asesinó al heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, Francis Fukuyama publicó su Fin de la historia y el último hombre (1992). Había desaparecido el bloque soviético, Europa Central y Oriental se reorganizaba nacionalmente, Alemania iniciaba su reunificación, la guerra fría llegaba a su término, Rusia se encaminaba hacia la democracia y ésta avanzaba destronando uno tras otro regímenes totalitarios y autoritarios, con la gigantesca excepción de China.
Fukuyama proclamaba el triunfo de la democracia liberal. No había ya motivo alguno para confiar en que más allá de la democracia en la que la libertad individual se erigía como el principio unificador, habría otra sabiduría convencional capaz de explicar el nuevo orden. El autor argumentaba con cautela que los cursos históricos de los bloques internacionales emergentes eran inciertos, pues con el triunfo de la democracia liberal concluía la ilusión de que la historia era predecible, de que podía existir una razón exógena al proceso efectivo de la historia apta para guiarla, como lo habían querido las filosofías de la historia (incluida la hegeliana y, desde luego, el marxismo). Reconocía la imposibilidad de una razón externa a la pasión equivalente a las ciencias del orden físico y biológico.
Las conmociones que arrasaron las certidumbres el siglo XX desafían por igual a las derivadas del aparente imperio de la democracia liberal. Acaso esta forma sea parte del “ocaso”, solamente un pedestal para buscar una nueva razón autorreflexiva del des-“orden” contemporáneo.
Con la democracia liberal, el mundo que antes se denominaba discriminatoriamente “civilizado” no ha podido ordenarse en el sentido de una mejoría sensible de su condición previa. El lugar común desde el que el mundo mira la política es el de quien observa un basurero. La crisis económica mundial implica un derrumbe y sus causas una violación masiva (impune) de la dignidad humana. Las más diversas formas de criminalidad, casual y organizada, dan cuenta de las capturas depredadoras que realizan los transgresores de lo que se antoja un vetusto y anacrónico sistema del derecho y la política. Y estas cuestiones de gravedad afectan a todas las regiones del mundo.
La realidad se resiste ante el derecho, fragmentos enormes de la acción social se plantean en sus márgenes y desafían la mismísima proposición de conducirse con arreglo a él. Ello ocurre arriba, en medio y abajo por igual, y quienes dirigen o pretenden dirigir el mundo se dividen en tres bandos: los que entienden desde la impotencia, los que participan en la impunidad y los que desconocen ignorante o deliberadamente de qué se trata.
En la transición histórica actual se renueva el principio de que el espanto ante el horror es el acicate mayor para buscar explicaciones y orientaciones a la acción. No sus contrarios: el altruismo o las buenas intenciones. Éstos serán siempre un faro pero no una realidad si los valores efectivos viven divorciados de las normas deseables.
La resistencia de los grupos económicamente dominantes a adaptarse a las reglas derivadas de los valores liberales (ojo: no de las neoliberales) es una pedagogía política negativa: adoctrina a las clases dirigidas a que la clave del éxito no es la cooperación social, sino la depredación y el pillaje. Ni la igualdad, ni la legalidad, ni la fraternidad que emergieron como lema de la democracia liberal y de la Revolución Francesa tienen lugar en el orden surgido del derrumbe soviético y el fin de la guerra fría. La desigualdad, la impunidad y el egoísmo son, hoy día, fuerzas más potentes que aquéllas.
El mundo se mueve en el choque entre ambas, pero sería faltar la verdad decir que no son las segundas las que dominan, y no sólo en el oportunismo mediático, sino en la percepción desengañada de la gente. Se puede acusar de pesimista a esta mirada. Lo que es imposible es descalificarla por desinformada.
Tiene razón el pensador alemán Peter Sloterdijk: en el origen de Europa está inscrita la rabia, como Homero la plasmó en la primera línea de La Ilíada, y en ese ocaso que es el nacimiento de la gran era de la incertidumbre se ha vuelto a hacer presente.
Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) sede México
Decía Hegel que “el Búho de Minerva aparece en el ocaso”. Se refería a una observación desprendida de su filosofía de la historia aplicada al derecho: las grandes razones filosóficas de lo humano surgen siempre demasiado tarde, al final de una época, cuando la historia se asienta y se distingue el estruendo de sus causas, el polvo del barro edificado. Cuando un orden se vuelve inteligible y sus actores pueden recurrir a las explicaciones que han construido como propias de ese orden que se hace identidad.
Al concluir el ciclo iniciado en 1914 con el atentado de Sarajevo, en el que La Mano Negra asesinó al heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, Francis Fukuyama publicó su Fin de la historia y el último hombre (1992). Había desaparecido el bloque soviético, Europa Central y Oriental se reorganizaba nacionalmente, Alemania iniciaba su reunificación, la guerra fría llegaba a su término, Rusia se encaminaba hacia la democracia y ésta avanzaba destronando uno tras otro regímenes totalitarios y autoritarios, con la gigantesca excepción de China.
Fukuyama proclamaba el triunfo de la democracia liberal. No había ya motivo alguno para confiar en que más allá de la democracia en la que la libertad individual se erigía como el principio unificador, habría otra sabiduría convencional capaz de explicar el nuevo orden. El autor argumentaba con cautela que los cursos históricos de los bloques internacionales emergentes eran inciertos, pues con el triunfo de la democracia liberal concluía la ilusión de que la historia era predecible, de que podía existir una razón exógena al proceso efectivo de la historia apta para guiarla, como lo habían querido las filosofías de la historia (incluida la hegeliana y, desde luego, el marxismo). Reconocía la imposibilidad de una razón externa a la pasión equivalente a las ciencias del orden físico y biológico.
Las conmociones que arrasaron las certidumbres el siglo XX desafían por igual a las derivadas del aparente imperio de la democracia liberal. Acaso esta forma sea parte del “ocaso”, solamente un pedestal para buscar una nueva razón autorreflexiva del des-“orden” contemporáneo.
Con la democracia liberal, el mundo que antes se denominaba discriminatoriamente “civilizado” no ha podido ordenarse en el sentido de una mejoría sensible de su condición previa. El lugar común desde el que el mundo mira la política es el de quien observa un basurero. La crisis económica mundial implica un derrumbe y sus causas una violación masiva (impune) de la dignidad humana. Las más diversas formas de criminalidad, casual y organizada, dan cuenta de las capturas depredadoras que realizan los transgresores de lo que se antoja un vetusto y anacrónico sistema del derecho y la política. Y estas cuestiones de gravedad afectan a todas las regiones del mundo.
La realidad se resiste ante el derecho, fragmentos enormes de la acción social se plantean en sus márgenes y desafían la mismísima proposición de conducirse con arreglo a él. Ello ocurre arriba, en medio y abajo por igual, y quienes dirigen o pretenden dirigir el mundo se dividen en tres bandos: los que entienden desde la impotencia, los que participan en la impunidad y los que desconocen ignorante o deliberadamente de qué se trata.
En la transición histórica actual se renueva el principio de que el espanto ante el horror es el acicate mayor para buscar explicaciones y orientaciones a la acción. No sus contrarios: el altruismo o las buenas intenciones. Éstos serán siempre un faro pero no una realidad si los valores efectivos viven divorciados de las normas deseables.
La resistencia de los grupos económicamente dominantes a adaptarse a las reglas derivadas de los valores liberales (ojo: no de las neoliberales) es una pedagogía política negativa: adoctrina a las clases dirigidas a que la clave del éxito no es la cooperación social, sino la depredación y el pillaje. Ni la igualdad, ni la legalidad, ni la fraternidad que emergieron como lema de la democracia liberal y de la Revolución Francesa tienen lugar en el orden surgido del derrumbe soviético y el fin de la guerra fría. La desigualdad, la impunidad y el egoísmo son, hoy día, fuerzas más potentes que aquéllas.
El mundo se mueve en el choque entre ambas, pero sería faltar la verdad decir que no son las segundas las que dominan, y no sólo en el oportunismo mediático, sino en la percepción desengañada de la gente. Se puede acusar de pesimista a esta mirada. Lo que es imposible es descalificarla por desinformada.
Tiene razón el pensador alemán Peter Sloterdijk: en el origen de Europa está inscrita la rabia, como Homero la plasmó en la primera línea de La Ilíada, y en ese ocaso que es el nacimiento de la gran era de la incertidumbre se ha vuelto a hacer presente.
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