viernes, 10 de diciembre de 2010

DISCUTIR EL PASADO O DISCUTIR EL FUTURO

En el futuro es donde está nuestro bien o nuestro mal, de manera tangible y concreta.
José Elías Romero Apis / Excelsior
Para Juan Rebolledo, en esta mala hora.
Recientemente escuché a Beatriz Paredes decir, palabras más o menos, que ella no caería en la trampa de discutir el discurso presidencial de hace unos días, donde se expresó, en clara alusión al PRI, que regresar al pasado sería catastrófico para México. Estoy convencido de que le asiste la plena razón a la líder tricolor.
Agregó que a Felipe Calderón le convendría que las fuerzas políticas se pusieran a discutir el pasado, olvidándose o distrayéndose de discutir el futuro. Vuelvo a conceder la razón. Sí, es cierto que a muchos mexicanos les asusta el pasado priista. Pero también es cierto que a muchos mexicanos les aterra un futuro panista. Allí está la fullería. Porque el pasado no daña en términos de política real. Bueno o malo, ya pasó, ya benefició o ya dañó. Pero en el futuro es donde está nuestro bien o nuestro mal, de manera tangible y concreta. Y muchos consideran que, con los azules, el futuro mexicano es muy peligroso.
Por eso, sería hacerles un buen juego ponerse a discutir sobre Díaz Ordaz, Echeverría o López Portillo, cuando eso es ya sólo literatura. Por eso no les convendría discutir cómo sería un México presidido por Creel, Nava o Lujambio. Ese sí que provoca miedo.
Este discurso lo dijo Paredes en un magnífico evento organizado por su tocaya Beatriz Pagés. No tiene sentido discutir sobre el pasado porque ya no hay diazordacistas, echeverristas ni lopezportillistas, ni siquiera en el PRI. Discutir el pasado es abandonar la arena política e instalarse en la infantilidad imaginaria de El Coco.
Esa es la razón por la que ha existido una obsesión pertinaz por resaltar los defectos, deficiencias y excesos de los regímenes pasados, que desde luego los hubo, así como para soterrar sus aciertos, sus logros y sus alcances que, también, los tuvo.
Se ha acusado de crueldad al régimen de Díaz Ordaz, de demagógico al de Luis Echeverría, de frívolo al de López Portillo, de ineficiente al de Miguel de la Madrid, de tramposo al de Carlos Salinas y de traidor al de Ernesto Zedillo.
Ciertamente, es imposible negar que hubo crueldades injustificables, demagogias innecesarias, frivolidades escandalosas, insuficiencias costosísimas, trampas inconfesables y traiciones imperdonables.
Pero, junto a todo eso, también hubo claras virtudes, hubo nobles aspiraciones y hubo ejemplares logros nacionales.
Malo es lo que hubo de penumbra. Peor, aún, es ocultar lo que hubo de luminosidad.
Porque mientras en algunos de esos 70 años acontecían latrocinios y atrocidades, también Lázaro Cárdenas y sus sucesores reivindicaban, para la nación mexicana, el petróleo, la electricidad, la minería, el mar patrimonial, las plataformas continentales, el subsuelo y el espacio exterior.
Mientras se instalaban burócratas socarrones que abusaban del poder, Miguel Alemán ordenaba la construcción de la CU, la infraestructura turística de Acapulco y el sistema nacional de irrigación; López Mateos construía los grandes centros hospitalarios, establecía nuestras monumentales hidroeléctricas y editaba el libro de texto gratuito; y Ruiz Cortines organizaba la estabilidad política y la seguridad de la nación.
Al final de cuentas, la reforma política mexicana despertó más entusiasmos nacionales que las zapatillas de alguna secretaria del gabinete. A la postre, a México se le conoce más en el mundo por su política exterior de dignidad y soberanía que por las cuentas millonarias de una cuñada presidencial.
A pesar de todo, durante dos décadas, la intelectualidad y la tecnocracia del planeta, de países ricos y pobres, vino a México para aprender de “el milagro mexicano”, entender cómo se crecía 8% sin inflación, tratar de emular el “desarrollo estabilizador” y para pedir sus recetas y sus consejos, sobre desarrollo, a una generación de gobernantes mexicanos.
Esa es política real, la única en la que creo.

*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

No hay comentarios:

Publicar un comentario