La autonomía de la economía reduce el campo de la
seguridad colectiva y prevalece la incertidumbre. Si no existe la capacidad de
intervención efectiva por parte de una autoridad política electa, no hay
democracia
Joaquín Estefanía / El País
Ha sido
un economista, Joseph Stiglitz, el que ha tenido la virtud de resumir mejor el
estado de ánimo de una parte cada más significativa de la población, alarmada
por la marcha de las cosas. Lo ha hecho con el lenguaje de la economía, pero su
contenido puede ser perfectamente asimilado por el mundo de la política y del
resto de las ciencias sociales: 1) los mercados no funcionan, porque no son
eficientes ni transparentes; 2) el sistema político no corrige los fallos del
mercado, del que el más importante es el gigantesco volumen del desempleo. La
gente confiaba en ese sistema, tenía fe en que iba a exigir responsabilidades a
quienes habían provocado la crisis, a corregir rápidamente los abusos y a
proteger a los más desfavorecidos; 3) como consecuencia de lo anterior se ha
multiplicado la desconfianza en la economía de mercado y en los mecanismos
tradicionales de la democracia y ambos, economía de mercado y democracia, tal
como están, no favorecen los esfuerzos equitativos.
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