Ramón Alberto Garza - Sonora Presente
Uno de los grandes debates nacionales es el de cuestionar el por qué la presidenta Claudia Sheinbaum defiende con tanta pasión a su ya muy cuestionado antecesor Andrés Manuel López Obrador.
Todos quisiéramos ver que, al igual que Lázaro Cárdenas lo hizo con Plutarco Elías Calles, o como José López Portillo lo hizo con Luis Echeverría, que Claudia Sheinbaum rompiera con el inquilino de Palenque y lo mandara al exilio. Imposible, por ahora.
Pocos reparan, sin embargo, el por qué de palabra, la presidenta Claudia Sheinbaum defiende a su mentor político, mientras que en los hechos deja en claro que su ruta acaba por condenar el legado del primer sexenio de la Cuarta Transformación.
La cruzada contra el huachicol fiscal que nunca reconoció López Obrador; la persecución de personajes involucrados con el tráfico de combustibles; la destrucción de cientos de laboratorios de fentanilo que su antecesor decía que en México no se fabricaba; y el cambio de la política de seguridad a “balazos, no abrazos”; deja muy en claro que, en los hechos, la inquilina de Palacio Nacional va en sentido opuesto a lo que dicta su falsa lealtad, exhibida a diario en el discurso. Y el del domingo, en el Zócalo, no fue la excepción.
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