Por: Vidal Llerenas Morales - El Economista
El término de sustitución de importaciones genera en México sentimientos encontrados. Por un lado, recuerda el momento en el que el país se industrializó, gracias al mercado interno y a la coyuntura de la posguerra. Por otro lado, recuerda a la economía cerrada, en la que los mexicanos teníamos pocas opciones de consumo, distintas a los zapatos Canadá o de plano a la fayuca. A otros les recuerda la crisis de los 80, a que la verdad es que poco tuvo que ver con eso. El modelo de sustitución de importaciones falló porque no se pudo adaptar ni a la crisis global de los 80, ni a la ola de apertura, pero también porque las industrias no innovaron, ni generaron tecnología, ni se especializaron. Con todo, muchas de las empresas que murieron a raíz de la apertura desmedida de los 80 y 90, en realidad eran viables y competitivas con procesos de apertura graduales, ciertos niveles de protección y condiciones adecuadas de financiamiento.
Después, gracias al tratado comercial con Norteamérica, se consolidó un nuevo proceso de industrialización, orientado a la exportación, en buena medida orientado al ensamble, que generó capacidad industrial, mano de obra muy calificada, e incluso el desarrollo de manufacturas complejas en sectores como el automotriz, el aeroespacial, el de electrodomésticos y el de dispositivos médicos. Tuvimos dos problemas, un bajo contenido nacional en las exportaciones, y la entrada de China, de lleno, al comercio mundial, al inicio de este siglo. Eso generó que, a pesar de nuestro éxito como país exportador, el efecto del sector externo sobre el crecimiento haya sido limitado.
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