- Los desaparecidos de Chile, los muertos olvidados de todas esas naciones que Kissinger devastó con sus estrategias despiadadas, claman por justicia o al menos por ese simulacro de justicia que se llama memoria.
Por Ariel Dorfman
Durham, Carolina del Norte (Proceso).- Es extrañamente apropiado que Henry Kissinger haya muerto en el año en que se conmemora el aniversario del golpe militar de 1973 que derrocó al presidente Salvador Allende y puso fin a la fascinante tentativa chilena de crear, por primera vez en la historia, una sociedad socialista sin recurrir a la violencia.
Como asesor de seguridad nacional de Richard Nixon, Kissinger se opuso ferozmente a Allende y desestabilizó a su gobierno democráticamente electo, por todos los medios posibles, porque consideraba que, si nuestra revolución pacífica tenía éxito, se vería afectada la hegemonía norteamericana. Temía, dijo, que el ejemplo se extendiera y afectara el equilibrio mundial del poder.
Pero Kissinger no sólo fomentó activamente el derrocamiento violento de un líder extranjero elegido por una nación soberana y un pueblo libre, sino que también apoyó posteriormente el régimen homicida del general Augusto Pinochet, una adhesión que no tomó en cuenta que la dictadura violaba masivamente los derechos humanos de sus ciudadanos, cuya manifestación más brutal fue la práctica cruel y aterradora de "desaparecer" a los opositores.

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