- El país ha terminado de demostrar que es, ahora, un país desesperado, porque hay que estar desesperado para votar a un señor que dio tantas muestras de su desequilibrio y su ignorancia
Martín Caparrós - El País
Anoche la Argentina se volvió otro país. O, quizás, el que ya era y muchos no supimos reconocer a tiempo. Yo no lo supe reconocer a tiempo: solía creer en el mito del país casi educado, casi solidario, casi inteligente, con cierto orgullo pese a todo. La Argentina ha terminado de demostrar que es, ahora, un país desesperado, porque hay que estar desesperado para votar a un señor que dio tantas muestras de su desequilibrio y su ignorancia –que, además, tantos consideraron valores positivos. En ese país nuevo ser agresivo, limitado, insultar y amenazar se apreciaron como signos de “autenticidad”. Y anoche ese país, por pura desesperación, puro despecho, decidió que lo condujera ese personaje pequeño y caricaturesco sin más recursos que dos o tres eslógans, unos cuantos gritos.
Anoche la Argentina se volvió ese país: uno cuya máxima autoridad será, por decisión de 14,5 millones de sus ciudadanos, este señor mentiroso, inestable, fanático y primario. Aunque parece que ni siquiera lo decidieron esos ciudadanos. El señor mentiroso ya había explicado hace unos meses que Dios le había anunciado, a través de su perro muerto, que sería presidente. Sucedió: su triunfo es la prueba definitiva de la existencia de Dios y de la existencia del perro e, incluso, de la existencia de Javier Milei.

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