José Blanco - Periódico La Jornada
De pronto los gringos cayeron en la cuenta de que habían errado en sus decisiones de los años 1990. El neoliberalismo les mareó la perdiz y concluyeron que, como única potencia planetaria, podían decidir lo que fuere, porque su fuerza económica y militar era indisputable. Decidieron deslocalizar la industria, cuestión por demás favorable a los capitales industriales siempre en busca de zonas con bajos salarios. Pero la derecha trumpista dijo vamos mal, y todos en EU cayeron en la cuenta de que el mundo había seguido girando: ahora demócratas y republicanos compiten: a ver quién es el mayor antiglobalista.
En su último discurso ante la unión, Biden formuló una pegunta retórica: ¿Dónde está escrito que en Estados Unidos no podemos volver a ser un gran centro de fabricación en el mundo?; por ahí siguió su siempre atropellada línea discursiva hasta situarse muy lejos de la deslocalización: produzcamos nosotros lo que necesitemos, y lo que necesite el mundo. Así que, después de ser una tierra de oportunidades para sus empresas, China se convirtió, en un tris, en enemigo sistémico de EU.
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