- La sensación de bonanza, materializada por un peso súper fuerte, justifica el optimismo de quienes ven el vaso medio lleno versus los que lo vemos medio vacío, o muy vacío.
Jaime Cárdenas - El Financiero
Hace muchos años, cuando estudiaba economía, aprendimos lo que entonces se llamaba la “ilusión monetaria”. Se refería a la impresión, a una ilusión, que generaba entre los consumidores (los agentes económicos) el que hubiera mucho más dinero en circulación, que se gastara mucho, que la gente sintiera que tenía más dinero en el bolsillo, aunque en realidad sólo se trataba de una ilusión: el poder de compra de ese dinero mermaba constantemente por la inflación que había generado, precisamente, por la abundancia de medios de pago en la economía.
Así, el exceso de gasto facilitado por la impresión de dinero en los años 1970, con Echeverría y luego López Portillo, daba la impresión de que estábamos en jauja (y de hecho sí había de momento un alto crecimiento económico que luego reventaría) y que aquella bonanza perduraría mucho tiempo. La gente gastaba más, viajaba al extranjero, se endeudaba pensando que sus ingresos seguirían aumentando en el futuro. Con el tiempo, la ilusión monetaria terminaba por confrontarse con la realidad: el consumidor tenía más dinero, pero le alcanzaba para menos por el aumento de los precios de lo que compraba. Sólo si decidía salir al extranjero de compras o de paseo percibía que tenía mayor riqueza, porque sus ingresos en dólares aumentaban al estar prácticamente fijo el tipo de cambio. Ganar más en pesos significaba que su salario en dólares también aumentaba. Tenía una percepción de prosperidad y de cierta riqueza.
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